Controlar la mente no lleva lejos, porque la mente no es el obstáculo. En Vedanta la mente, el antaḥkaraṇa, es un instrumento: no fabrica los miedos, los muestra. Lo que hay que examinar no es la mente, sino a quien la mira.
Una guerra con prestigio
Pocas ideas gozan de tanto prestigio espiritual como esta: la mente es el problema.
Hay que aquietarla, vaciarla, controlarla. O, en su versión elevada, trascenderla, ir más allá de ella.
En casi toda la espiritualidad moderna, la mente aparece como el obstáculo entre uno y la paz.
De esa creencia sale una guerra.
Cada pensamiento durante la meditación se vive como un fallo. Cada emoción que vuelve, como una recaída. La práctica se vuelve combate, y el enemigo, curiosamente, siempre reaparece.
Años así producen expertos en armisticios: calma mientras dura la sesión, y el fondo intacto al levantarse del cojín.
La mente es un instrumento
La tradición de Vedanta mira la mente de otro modo.
La mente es un instrumento. Enseña lo que ya hay en la persona: sus creencias, sus conclusiones no examinadas, su manera de verse.
Matar al mensajero no cambia el mensaje.
Por eso controlar la mente no lleva lejos. El problema nunca estuvo en el instrumento, sino en lo que su dueño cree ser y no ha examinado jamás.
Swami Dayananda lo dice sin rodeos: «La mente está hecha para pensar. El pensamiento no crea problemas. Es una bendición haber recibido una mente. Convertir los pensamientos en una pesadilla es la cosa más tonta que se puede hacer».
El carro y las riendas
La Kaṭha Upaniṣad da la imagen exacta. El cuerpo es el carro. Los caballos, los sentidos. La mente, las riendas. El intelecto, buddhi, es el auriga. Y el que va detrás, el pasajero, es el Ser, que no hace nada: es el soporte.
Nadie ha llegado a ningún sitio cortando las riendas.
La tradición tampoco las suelta. Pide llevarlas, y a eso lo llama dama: elegir qué se deja entrar y cómo se responde. Si no llevo las riendas, los caballos me llevan donde quieren.
Pero quien las lleva es el auriga, no un combatiente. Y el auriga se educa con discernimiento, no con represión.
No en ausencia de pensamientos
Quien se propone eliminar todos los pensamientos tiene un problema asegurado: cada pensamiento que llega se convierte en un fracaso.
Swami Dayananda lo describe así: «Si busco eliminar todos los pensamientos sólo conseguiré frustrarme y condenarme como inútil porque no puedo eliminarlos».
Lo que propone es otra cosa. El pensamiento depende de mí, no yo de él. Por tanto, uno puede y debe verse a sí mismo «no en la ausencia de pensamientos, sino a pesar de ellos».
Examinar al que mira
Lo que la tradición pide con la mente no es silencio.
Es disponibilidad: atender lo que muestra, en lugar de taparlo. Y examinar, con método, a ese que la mira.
Ese examen es el que hace, paso a paso, una obra como el Tattva Bodha (El conocimiento de la Realidad).
De lo contrario, años y años de estar peleándose con uno mismo.
