Según Vedanta, el sufrimiento de fondo no nace de lo que falta en la vida, sino de un error sobre uno mismo; por eso no se resuelve consiguiendo cosas, sino conociendo lo que uno es. Los problemas concretos —una pérdida, un desengaño, una preocupación por los hijos— tienen sus propias soluciones, y hay que buscarlas. Pero debajo de todos ellos hay otro, más antiguo, que ninguna de esas soluciones toca.
Swami Dayananda Saraswati lo llamó el Problema Fundamental. Este escrito sigue su razonamiento.
Dos maneras de resolver un problema
Hay dos maneras de encarar lo que uno quiere. Una: fijar el fin y buscar los medios. Si quiero ir a China, sé lo que necesito: billete, visado, tiempo. Todo queda reducido a medios y fines, y está claro.
La otra: entender primero la naturaleza del problema. Porque a veces se pone el medio adecuado y el resultado no satisface. Con el hambre funciona: se come, y se va. Con otras cosas, no: se resuelve lo que preocupaba, y la preocupación vuelve con otra cara. Si después de todos los esfuerzos la insatisfacción sigue ahí, caben dos preguntas razonables: ¿tengo claro lo que quiero?, ¿tengo claro el problema que intento resolver?
Desde este punto de partida, sin más sabiduría que el sentido común, empieza la indagación de Vedanta.
Lo que se busca en todo lo que se busca
La vida de cualquier persona, mirada en un momento dado, «no es sino una expresión de deseos». Cambia lo que se desea. No cambia el «yo deseo».
Uno quiere una casa, un trabajo mejor, una pareja, dejar un mal hábito. ¿Para qué? No por la cosa, sino por lo que su obtención representaría para uno mismo. Detrás de cada deseo concreto hay otro, que no se aprendió con el tiempo: el deseo de sentirse pleno, completo, adecuado. Un bebé ya lo tiene. Nadie necesita que le expliquen que estar satisfecho es deseable.
Swami Dayananda lo llama el Deseo Fundamental, «el Deseo Madre, porque es aquél que da nacimiento a todos los deseos y motivaciones». Y añade algo que desconcierta: lo que uno quiere, en el fondo, es estar libre del deseo.
Por qué ningún logro basta
Aquí aparece el problema. Lo que se busca no puede ser limitado. Una plenitud que depende de otras cosas está a merced de ellas, y por eso no es plenitud.
Pero todo lo que se consigue con esfuerzo es limitado, porque el esfuerzo es limitado. Entre lo que se quiere y quien lo quiere hay siempre una distancia, y para salvarla hay que actuar. La acción produce resultados que empiezan y acaban.
Es, dice Swami Dayananda, una situación sin salida, y es matemática: «Incompleto más un millón es igual al mismo incompleto». Entre uno y un millón, y el infinito, hay la misma distancia.
Ese es el Problema Fundamental: no puedo evitar buscar la plenitud, y no hay nada disponible con lo que pueda obtenerla.
La salida que parece razonable
Llegado aquí, parece que solo queda una opción sensata: renunciar. Aceptar que la vida consiste en logros relativos y conformarse.
No funciona. Cualquier deseo adquirido se puede abandonar con la madurez. Este no, porque no se adquirió. Se puede dejar de desear un coche. No se puede dejar de desear estar bien. «Tal como uno no puede renunciar a la necesidad de nutrir el cuerpo, uno no puede renunciar a la necesidad de sentir plenitud y felicidad.»
Y lo que es natural tiene solución, como la tienen el hambre y la sed.
El intruso
Nadie se queja de que sus ojos vean. Pero basta una mota de polvo en el ojo para no soportarlo. Lo natural se acepta sin más; lo extraño, no.
Con la tristeza, la agitación, la sensación de no ser suficiente, pasa lo segundo. Uno no las soporta. Quiere quitárselas de encima. ¿Por qué? Porque son intrusos. Si la tristeza fuera lo que uno es, podría convivir con ella. No puede.
De ahí sale una conclusión seria: lo que uno busca es su propia naturaleza. Y si uno busca lo que ya es, y no lo encuentra, la búsqueda nace de otra cosa. Swami Dayananda la nombra: auto-desconocimiento, ignorancia de uno mismo.
Las gafas en la cabeza
El ejemplo es de lo más corriente. Alguien busca sus gafas por toda la casa, y las tiene sobre la cabeza. Todo esfuerzo es inútil. No hace falta ir a ningún sitio. Hace falta saber.
«El que busca y el Fin buscado son idénticos. El problema no es nada más que ignorancia. Por lo tanto la solución solo puede ser conocimiento.»
Por eso las Upaniṣads dicen jñānam eva mokṣaḥ: solo el conocimiento es liberación. No porque el conocimiento sea un medio más eficaz que los otros, sino porque el problema es de otra naturaleza. Lo que se quiere lograr no está separado de uno. Es uno.
De quién son los problemas
Un actor hace de mendigo en una función. Terminada la obra, se va a casa y sigue sintiendo el hambre y la pobreza del personaje. Nadie lo haría. Y, sin embargo, es lo que hacemos con los pensamientos. Miramos un atasco y decimos «estoy atascado». Miramos el tráfico de la mente y asumimos sus estados como propios.
Vedanta muestra que uno es la conciencia que ve pasar esos estados, no los estados. Los problemas pertenecen al personaje, al «yo» con historia que uno ha tomado por sí mismo. Quien lo ve no deja de tener problemas concretos. Deja de ser un problema. Y solo entonces, dice Swami Dayananda, un problema limitado puede tratarse como lo que es: limitado.
Qué hace falta para verlo
Decir «eres completo» no sirve de nada. Swami Dayananda lo advierte: si no se ve, las palabras se convierten en un condicionamiento más. Hacen falta un maestro que sepa manejarlas y alguien dispuesto a escuchar.
La tradición llama mumukṣu a quien quiere la liberación. No es alguien desesperado ni que se condene. Es alguien que ha visto, al menos en parte, la naturaleza del problema: que ningún logro lo va a resolver. Esa visión no es pesimismo. Es el principio de la solución.
Por dónde se empieza: el curso gratuito de Vedanta y meditación, y después el Tattva Bodha, la obra con la que la tradición abre este conocimiento. El texto completo de Swami Dayananda está en El discernimiento del Problema Fundamental.
