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Convertirse en una persona completa

Hacerse adulto es rutina; convertirse en una persona completa exige iniciativa propia. Swami Dayananda habla de empatía, valores universales y dharma.

Swami Dayananda Saraswati · traducción de Diego Castillo·13 min de lectura

Convertirse en una persona completa. Esto es muy importante para todos los seres humanos. Es otro tipo de crecimiento que no se lleva a cabo de manera rutinaria, prakṛtithaḥ. Un ternero se hace adulto —una vaca o toro adulto— y después deja de crecer. Sólo cumplirá años, envejecerá y morirá. Del mismo modo, cada ser humano si sobrevive unos cuantos años, sufre una metamorfosis, envejece y muere. Nace, jāyate, y existe, asti. Esta secuencia propuesta por Yāska es muy interesante. Quien nace, jāyate, está vivo, asti. Y si continúa siendo, asti cet, crece, vardhate, y se transforma, vipariṇamate. Este cambio, pariṇāma, no sólo es una modificación. Es vi-pariṇāma, una metamorfosis. Todas las células sufren un cambio. Uno se convierte en madre o padre en potencia. Entonces Yāska nos dice que se deteriora, apakṣīyate, y se va apagando, vinaśyati. Esto ocurre en todos los organismos vivos. El ser humano no es una excepción.

Me guste o no me convertiré en un adulto. Todo lo que tengo que hacer es sobrevivir. Sólo necesito sobrevivir unos cuantos años. Si lo hago me convertiré en adulto, y para conseguirlo no tengo que hacer nada especial. De forma rutinaria me transformaré en adulto. En India no sólo te harás adulto, sino que también te casarás inmediatamente. Por eso en sánscrito tenemos el número dual: yo, nosotros dos y nosotros, aham, āvam y vayam. Así pues, el crecimiento es una rutina. Ocurre de forma natural. Pero no es suficiente, necesitas un segundo desafío.

Cada ser humano es como un Concorde. No eres un simple turbojet. Porque tienes que emprender otro tipo de crecimiento. Tienes que convertirte en una persona completa. Completarse no consiste en ganar peso o adelgazar hasta que puedas pasar por el ojo de una aguja. Tampoco consiste en acumular títulos. Puedes tener títulos y aun así ser infantil. Puedes estar sentado sobre un montón de dinero y aun así ser un necio. Después de acumular tanta riqueza no sabes si el dinero es tuyo, o si eres tú quien está a su merced. En algún momento del camino perdemos completamente la perspectiva. Hace falta transformarse en una persona completa. Eso implica otro desafío que supone tomar la iniciativa propia. ¿Qué puede ser eso? En principio estoy hablando de convertirse en un ser humano sencillo. Una vez que eres un ser humano completo tenemos mucho que ofrecerte. Ahí es donde empieza la enseñanza espiritual. Pero para convertirse en un ser completo hace falta iniciativa personal. Esa iniciativa exige ajustarse a una matriz de valores que no provoque ningún conflicto en mí.

Ajustarse a los valores nunca debe provocar conflictos. Si lo hace, necesito crecer. Si voy contra mis valores, comportándome de manera que me siento culpable, ni siquiera he comenzado mi vida como ser humano. Esto es muy simple. Los valores son comunes; son universales. Es normal ser una persona que necesita estar libre de hostigamiento. No quiero ser herido, no quiero ser engañado por nadie, no quiero ser robado, no quiero que me mientan, no quiero ser víctima de la ira, de los celos o del odio de nadie. Esto es lo que espero de los demás, y estos también esperan lo mismo de mí. Esto lo sé. Nunca podré alegar que sea algo que ignore. Ni siquiera en un tribunal de justicia se puede alegar el desconocimiento de la ley, a pesar de que la gente pueda ser ignorante y desconocer las leyes. Pero esa forma de ignorancia no existe, pues cuando les preguntas a diferentes personas —a un panditji en Benarés, a un erudito de Harvard, a una persona de Alaska o a un sencillo aborigen del interior de Australia— las respuestas son siempre las mismas. No quiero ser herido, no quiero que me mientan, no quiero que me engañen. Son las mismas respuestas. Y todo el mundo sabe que los demás esperan lo mismo de él o de ella. Un ladrón roba a alguien, y con un cuchillo en la mano, le dice a la persona de la casa: «Por favor dame las llaves; dime de verdad cuál es la que abre la caja fuerte». El ladrón quiere saber la verdad. ¿O no? Nadie quiere que le mientan. Incluso un capo de la mafia no quiere ser engañado. Aquellos que pudieran ser informantes no van a la policía. De eso se encargan los mafiosos.

Saber lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer es algo muy simple. Cuando se dice que en un momento en la historia una persona vino a revelar que hay una serie de cosas que tienes que hacer y otras que no, hemos transformado en misterio algo que de forma común percibe todo el mundo. Todos los seres humanos perciben esos valores. Esto es lo que considero más importante. Todos los seres humanos tienen una estructura inherente y común de valores. Pero esta estructura se ve interferida y perturbada por algunas teologías particulares. Las teologías dicen que puedes dañar a alguien si no se ajusta a tu sistema de creencias, pues esa persona es enemigo de Dios. Mantienen que esa persona no ha aceptado lo que Dios ha dispuesto, y por lo tanto es su enemigo. Tendrá que ser castigada y si tú, como creyente, acabas con ella, Dios quedará satisfecho y te reservará un lugar especial en el paraíso. Esto es lo peor que le puede pasar a un ser humano. Un ser humano, un sencillo ser humano que tiene empatía, que ha nacido con empatía, se convierte en un misil por culpa del adoctrinamiento religioso. Creamos una doble moral.

Los valores son universales y debemos reconocerlo. Tenemos que estar a la altura. Lo que quiero decir aquí es que para ser una persona completa tengo que aceptar mi empatía. La empatía es una emoción humana. Su manifestación completa es característica del corazón humano. Además es un componente necesario en la estructura emocional del ser humano. Un tigre mata cuando lo necesita; un león mata cuando lo necesita. Pero un ser humano no está programado de esa manera: debe tomar decisiones. Cuando alguien tiene que elegir ¿en qué se basa para hacerlo? Algunos dicen que Dios ha mandado ciertas normas que deben ser acatadas y si no lo haces te castigará. Esto es ridículo. Si la gente no conoce sus mandatos, no sabrá lo que está bien y lo que está mal. Ningún valor es universal si tiene que ser enseñado. Sin embargo, los valores son universales porque no es necesario enseñarlos. Tenemos una percepción innata de los valores, de esta matriz de normas. De hecho toda esta estructura de valores le resulta muy evidente a cualquier corazón humano. Considero que esta estructura de valores sólo se mantiene realmente protegida por el ser humano a través de esa emoción única llamada «empatía».

Para daros un ejemplo, recuerdo que una vez asistí a una final de Wimbledon. Hubo cinco sets. Cuando terminaron los cuatro primeros, ambos jugadores habían ganado dos sets cada uno y necesitaban un par de puntos para llegar al desempate. Cualquiera de los dos podía ganar. Todo lo que habían sudado durante los cuatro primeros juegos no significaba nada. Ahora tenían que ganar este set en particular. Uno de ellos tenía que ganar. Pensad en esto: un par de puntos y uno de los dos iba a ganar. Lo recuerdo bien. Ganó el jugador australiano Pat Cash. Besó la pista, levantó el puño con fuerza y lanzó su raqueta y la camiseta por los aires. Estaba extasiado. Después de medio minuto —todo el drama duró un minuto, tal vez medio minuto— se acercó a la red y todo cambió. En tenis la etiqueta indica que debes correr a la red para estrechar la mano de tu oponente. Cuando Pat Cash lo hizo, yo observé su cara. Quería ver lo que le ocurriría. De repente, parecía triste. Ocurrió muy rápidamente. En un instante le cambió el semblante y se puso triste. ¿Por qué? Porque deseó por un momento que su oponente hubiera ganado y haber sido él el derrotado. Eso es lo que parecía. Estaba triste por haberlo derrotado. Así es el corazón humano. Nunca se ha hecho un corazón humano sin empatía. A esto se llama «empatía». Porque sabía lo que se sentía al estar del otro lado como le había ocurrido a él en muchas ocasiones.

Todo el mundo está «al otro lado» en muchas ocasiones. ¿Qué es lo que provoca esto en un corazón humano? Todo el mundo conoce el dolor y por lo tanto esta empatía está en todos los corazones. El corazón humano sabe. Y necesitamos seguir el consejo de nuestra empatía. Esta es la ventana a través de la cual el mundo entra en mí, un mundo que necesita ayuda entra en mí. Y entonces respondo en forma de comprensión, compasión, ayuda y servicio. Así no soy un simple superviviente, alguien que acapara todo el tiempo. Me he convertido en una persona completa. Una persona completa es aquella que tiene compasión para dar. Compasión hacia sí misma y compasión hacia otros seres humanos. Compasión que ofrecer, compasión por cada árbol, cada planta y cada animal. Esto es compasión. Uno puede convertirse en esa persona y esto debería ser una tarea rutinaria.

En la cultura hindú está muy arraigada la idea de que este crecimiento es una tarea rutinaria. Esta es la razón por la que profesionalmente no nos sentimos inclinados por la competición. Nosotros nunca solíamos competir. Tanto si era bueno como si no, definitivamente era ideal. Era ideal para una sociedad comprometida con el crecimiento espiritual. Ser compasivo y adecuarse a lo que hay que hacer, no ceder a mis propias preferencias o aversiones, ese es el compromiso. Todo el mundo tiene preferencias y aversiones, rāgas y dveṣas. Si para satisfacerlas no se molesta a nadie está bien. Es correcto. Desear es un privilegio. El Señor Kṛṣṇa dice en la Gītā: «Soy deseo que no se opone al dharma, en todos los seres», dharma-aviruddho bhūteṣu kāmo’smi (BG 7.11). Bhūta puede ser cualquier ser, pero dice: «Soy el deseo que no se opone al dharma», de modo que ese es el deseo del corazón humano. El Señor Kṛṣṇa dice aquí que él es el deseo que se satisface de acuerdo al dharma. Eso significa que es un privilegio tener un deseo y también lo es satisfacerlo —siempre y cuando uno sea capaz de adecuarse a lo que es valioso para uno mismo, y también para los demás—. A esto se le llama valor universal, y aquí a esto lo llamamos dharma.

Avancemos un poco más. El dharma no es simplemente no robar, no engañar, etc. Hay diferentes niveles de daño, diferentes formas de lastimar. Puedes herir a alguien con una mirada, con una palabra e incluso deliberadamente abrigando cierto tipo de pensamientos. No creas que existe sólo un tipo de daño. Puedes herir a una persona de muy diferentes maneras y lo haces todo el tiempo. Por lo tanto, no hacer daño a otra persona, no ceder a mis propias preferencias o aversiones y, por otro lado, adecuarse a lo que está bien y lo que está mal es el cimiento de nuestra sociedad humana. En la sociedad hindú vamos aún más lejos; el hijo del sacerdote es sacerdote y se casa con la hija de un sacerdote. No teníamos asesores laborales en la época en que florecía esta sociedad. ¿Qué habríamos hecho con ellos? No había ningún problema y, todavía hoy, es así en algunos lugares: un sacerdote es hijo de un sacerdote. En general esa época ha acabado y no estoy pidiendo que volvamos a ella, pero contiene cierta belleza que quiero que comprendáis. Lo que quiero que entendáis es el énfasis. El énfasis se pone en no retener, en no acumular, sino en dar. Y dar es tu deber, te guste o no. Al principio lo hago tanto si me gusta como si no. Y después me empieza a gustar lo que hago; me empieza a gustar hacer lo que tengo que hacer, lo que se supone que tengo que hacer en una situación determinada. Se convierte en un privilegio. Entonces es cuando yo diría que eres una persona completa. No haciendo lo que quieres, sino queriendo lo que se te solicita hacer. Cualquier situación demanda ciertas cosas. Eres un hijo o una hija. Eres un padre o eres una madre; eres un marido o eres una esposa. Tienes que ponerte muchos sombreros cada día. Y cada papel tiene un guión que hay que seguir. Si puedes seguir el guión, al que llamamos deber, y disfrutar haciéndolo, eso es totalidad en el crecimiento. Disfrutas de tu deber. Todos los indios tenemos este concepto del deber. Nadie dice gruñendo: «Es mi obligación, así que lo hago». Puede no estar entusiasmado con ello pues, en general, nadie dice con alegría que está cumpliendo con su deber. Eso implica crecimiento; implica una madurez y un desafío por tu parte. Se necesita compromiso y por eso tal vez, sólo en la sociedad india este concepto del deber esté tan bien desarrollado. Esto lo puedo decir por haber conocido y estudiado muchas culturas. En la cultura india, el dharma es un fin en sí mismo, un puruṣārtha.

He intentado comprender este dharma como un fin en sí mismo, un puruṣārtha. Decimos que hay cuatro tipos de fines que hay que perseguir, dharma, artha, kāma y mokṣa. Cuando el dharma es un puruṣārtha, no es un objetivo secundario en tu búsqueda de seguridad y placer, artha y kāma. Es un fin en sí mismo que se ha de alcanzar. Uno debe, por propia iniciativa, crecer para transformarse en una persona para la cual el dharma es un objetivo consumado. Se comienza amando lo que se ha de hacer, y no lo que a uno le gusta hacer. Si uno ama lo que tiene que hacer el crecimiento es completo. Si uno hace lo que le gusta hacer, eso no es en absoluto un logro; incluso los animales lo hacen. Aún más, si sigues tus propias apetencias, en poco tiempo se pasará lo que antes te gustó. ¿No es así? Nuestra vida está llena de episodios de esta índole. Fácilmente puedes dejar de querer lo que antes te gustaba. Por lo tanto, el crecimiento consiste solo en amar lo que haces en una situación dada. Hay mucho en lo que crecer como padre, madre, esposo, esposa, hijo, hija, ciudadano, vecino. En eso consiste el desafío. Uno tiene que tener este tipo de desafíos. Así, puedes estar muy vivo. Aquí no existe la jubilación. Este es el crecimiento inicial que uno tiene que conseguir para sí mismo. En esto no hay negociación posible pues tienes que ser una persona adulta.

Ser humano significa que se espera de uno un cierto comportamiento. Si alguna teología pretende lo contrario, deberíamos cambiarla. La teología es una interpretación y deberíamos cambiar esa interpretación si pone en peligro nuestros valores universales. La gente debe apartarse de una teología que no apoye nuestros valores universales. Y la teología cambiará pues la ortodoxia siempre persigue a la gente. Si la gente se aparta, los ortodoxos la persiguen. Y por lo tanto la gente debe pensar con responsabilidad, y comprender que los valores universales deben ser defendidos, y nada, incluyendo la teología, debe cambiarlos. Por otro lado, la teología debe adecuarse a estos valores, debe confirmarlos y ayudarnos a crecer en ellos. Eso es lo que se supone que hace la religión. Nos debe ayudar a convertirnos en una persona completa. Cada religión nos debe ayudar en ese sentido, y tenemos que entenderlas de esa manera. Por lo tanto, opino que ser una persona completa está dentro de las posibilidades de crecimiento del ser humano. Dentro del saṃsāra existe la posibilidad de transformarse en dhārmika, en alguien que disfruta siguiendo el dharma. Si no te gusta pero se ha de hacer, hazlo. Si te gusta y no se ha de hacer, no lo hagas. Conviértete en una persona a quien le gusta lo que hay que hacer y no le importa lo que no hay que hacer. En esto consiste una persona completa.

Autor
Swami Dayananda Saraswati
Traducción
Diego Castillo
Revisión
Montse Simón y Óscar Montero
Procedencia
Discurso del 17º aniversario de Arsha Vidya Gurukulam, octubre de 2003.
Derechos
Arsha Vidya Research & Publications Trust. © Swami Dayananda Saraswati.
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