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Qué es el ego y por qué no se elimina

Ego es una mala traducción de ahaṅkāra, el sentido de individualidad. No se elimina ni hace falta: lo que se corrige es el error de tomarse por el que hace, por el yo ideal y por lo que uno conoce.

Óscar Montero·5 min de lectura·4 de octubre de 2026

«Ego» es la traducción habitual de ahaṅkāra, y es una mala traducción: en Vedanta ahaṅkāra no es el egoísmo, sino el sentido de individualidad, y no se elimina porque sin él no habría individuo que viviera. Lo que se corrige es otra cosa: el error de colocar el «yo» donde no está.

Buscar cómo eliminar el ego es buscar cómo dejar de ser alguien. Harto difícil. Y, bien mirado, innecesario.

Una palabra con mala fama

En español, «tiene mucho ego» quiere decir que alguien es egoísta, codicioso, vanidoso. El śāstra no usa ahaṅkāra así.

Ahaṅkāra es el sentido de individualidad. Todos lo tenemos, y hace falta. Sin él, uno se levantaría y se caería, porque no se identificaría con su cuerpo. No se puede concebir un jīva, un individuo, sin ahaṅkāra.

Swami Dayananda lo sitúa en la infancia: a los dos años el niño «ha descubierto su propio ego». Nadie le reprocha haberlo descubierto.

Si el ego fuera el problema, la solución sería la aniquilación. No lo es.

Dónde está el error

El problema no es tener un sentido de «yo». Es dónde se coloca.

Vedanta hace una distinción sencilla: el que conoce, y lo conocido. Lo conocido no soy yo. Si veo una mula, no digo «soy la mula».

Con el mundo de fuera nadie se equivoca. Con lo cercano, sí. El cuerpo también me es conocido, y aun así digo «soy gordo», «soy alto». Los sentidos también: «soy ciego». Y la mente, que es lo más próximo: pensamientos, recuerdos, la ira. Todo eso se me presenta a mí. Es objeto. Y me lo apropio como yo.

Es un error cognitivo. Como creer que la Tierra es cuadrada. No se arregla sintiéndose mejor: primero hay que verlo, y después vivir de acuerdo con lo visto.

El que hace, el que merece

Hay una capa más honda, y es la más difícil de ver.

«Yo hago, yo pienso, luego yo merezco, yo disfruto.» Es el sentido de hacedor (kartā) y de disfrutador (bhoktā). Ahí empieza la raíz de la individualidad.

¿Cómo se presenta uno? Diciendo su profesión, sus logros, sus gustos. La identidad está pegada al hacer. Por eso cuesta tanto separarla.

Pero kartā y bhoktā están superpuestos sobre el Ser, que no hace ni disfruta. Cuando esa ignorancia se ve como lo que es, cambia mucho.

El yo ideal

Cada uno lleva además un retrato: lo que cree que debería ser para ser bueno, querido, valioso. El yo ideal.

Nadie lo cumple.

A los cuarenta uno hace balance y el retrato no cuadra: la familia, la profesión, los logros no son lo que se quería a los dieciocho. Cuanta más distancia entre el yo ideal y lo que hoy se es, más dolor. Con los años se acelera, porque el cuerpo y las capacidades no mejoran.

El perfeccionista: «si no soy el mejor en todo, no valgo». La mujer que tiene que ayudar a todos y sacrificarse para sentirse valiosa. No son rarezas. Son patrones corrientes del yo ideal cuando se cristaliza.

Y aquí se ve por qué «matar el ego» no funciona. Quien se propone acabar con su ego suele añadir un rasgo más al retrato: el de alguien sin ego. La obsesión por perfeccionar la personalidad no tiene fin. Es un callejón sin salida.

Si me agarro al yo ideal, siempre hay pérdida. Si me agarro a lo que no cambia, no hay pérdida posible.

El niño que se escondió

Swami Dayananda añade un factor que no conviene despachar como «meramente psicológico».

El niño nace en confianza total. Los padres son sus dioses: lo saben todo, lo pueden todo. A medida que crece descubre sus límites, sin ponerles palabras. Ese reconocimiento es letal. El niño no puede con ese dolor y lo esconde. Es, en sus palabras, «el anverso del ego, la parte oscura de cada uno, al que llamamos inconsciente». En sánscrito, kaṣāya.

Y cuando se siente apartado, como sus dioses no pueden equivocarse, concluye: «algo está mal en mí».

Swami Dayananda tampoco propone suprimirlo. Si uno controla su ira, dice, a los pocos días tendrá un tsunami. Lo que se controla es la expresión de la ira, no la ira. Lo demás se entiende: «Si tienes el conocimiento, puedes procesar todo el asunto». Y todavía: «El conocimiento es la única gracia salvadora».

Y lo que propone para el ego es integrarlo, no destruirlo: cuando el ego del adulto y el niño son uno, integrados, uno mira las cosas con frescura.

Son dos planos distintos. En las clases de Vedanta los separamos con cuidado. Lo psicológico, los traumas y los vacíos, pide su propio trabajo. Lo ontológico toca la identidad: «valgo o no valgo», «si no soy perfecta, no soy». En eso se especializa Vedanta.

Lo que dice la Gītā

La Bhagavad Gītā pone nombre al error en un solo verso:

prakṛteḥ kriyamāṇāni guṇaiḥ karmāṇi sarvaśaḥ ahaṅkāravimūḍhātmā kartāham iti manyate (3.27)

Las acciones las realizan, en todos sus modos, los guṇa de la naturaleza. Quien está confundido por el ahaṅkāra piensa: «yo soy el que hace».

Śaṅkara, en su comentario, lo precisa: ahaṅkāra es la noción de «yo» puesta en el agregado de cuerpo y órganos. El confundido atribuye al Ser sus propiedades y, por ignorancia, supone que las acciones están en el Ser.

No hay que matar a nadie. Hay que dejar de atribuir.

Lo que queda

El sabio sigue teniendo personalidad. Tiene una cultura, deseos acordes a su época, un carácter. Puede incluso tener un yo ideal que le ayude a conducirse, pero ligero, no petrificado.

La diferencia es que ya no necesita pensarse para ser. Puede verse sin pensarse. Eso da vértigo al principio: si no me construyo, parece que me quedo desnudo, que desaparezco. Es al revés.

Por dónde empezar

Ver esto no es cuestión de repetirlo. Pide una enseñanza con método, que distinga paso a paso lo que uno es de lo que uno conoce. El curso gratuito de Vedanta y meditación es la primera casilla. El Tattva Bodha (El conocimiento de la Realidad) es la obra donde se hace ese discernimiento con todo detalle: el que conoce y lo conocido, los tres cuerpos, el hacedor.

प्रवेशः

Esto se estudia despacio y acompañado

El curso gratuito son siete clases: cuatro de Vedanta y tres de meditación, con una corrección personal incluida.