Un mantra es una fórmula sagrada —casi siempre un nombre del Señor— que se repite con atención para dar a la mente una sola tarea. En la tradición védica es el objeto de una meditación de concentración, el japa. Sirve para reunir una mente dispersa; no es una fórmula mágica, ni una afirmación positiva, ni por sí solo un camino a la liberación.
La palabra ha hecho fortuna. Hay «mantras» de empresa, de entrenador, de autoayuda. Se dice «mi mantra es no rendirme nunca» y se entiende: una frase que uno se repite para darse ánimo.
No es eso.
La meditación en la tradición védica
Para entender qué es un mantra hay que entender dónde se usa. Y ahí la palabra «meditación» también está gastada.
En la cultura védica la meditación se llama upāsana o dhyāna. Es un ejercicio mental, mānasa karma: una regulación deliberada de los pensamientos. Hay pensamientos, y los pensamientos se regulan. Esa es la definición.
¿Con qué fin? Integrar la personalidad: el cuerpo, la mente, las emociones.
Y tan importante como lo que es, es para qué no es. No es para obtener poderes, los siddhis de las biografías románticas de yoguis. Y no es para la liberación. Si el problema de fondo es verse limitado y carente, ese problema es de conocimiento, y ninguna regulación de los pensamientos lo deshace.
La tradición distingue cuatro tipos de meditación: de relajación, de concentración, de expansión y de transmutación. El mantra pertenece a la segunda.
El japa: una sola tarea
La mente asocia. Uno busca el resultado de un partido. A la derecha aparece una oferta de cámaras. Pincha. Acaba en una tienda en línea, leyendo una biografía de Gandhi.
¿Y lo que buscaba? El partido.
Así se nos va el día: de asociación en asociación, a sitios donde jamás pensamos acabar.
El japa corta esa cadena de raíz. Se toma un mantra y se repite, una y otra vez: oṃ namaḥ śivāya, oṃ namaḥ śivāya… No hay «oṃ namaḥ śivāya, ofertas». Solo el mantra.
Es una tarea monótona a propósito. Una sola. Y en una sola tarea la mente puede entrar en capas más profundas, cosa que no puede hacer con dieciocho a la vez.
Para contar se usa una japa-mālā, un rosario de ciento ocho cuentas. La primera, la que lleva el hilo hacia arriba, no se cuenta. Una vuelta son ciento ocho repeticiones, como mínimo.
Cuando la mente se va
La mente se va. Siempre. Entre repetición y repetición hay un segundo, y en ese segundo aparece «tengo que ir al supermercado».
Eso no está en manos de uno. Lo que sí está en sus manos es darse cuenta y traerla de vuelta.
Y ahí está la práctica entera. Si uno la ha traído de vuelta sesenta veces, eso es lo que ha ganado ese día. No que la mente no se haya ido, ni que la sesión haya sido «fabulosa».
Distraerse no es fracasar en el japa. Es la ocasión misma de entrenar la atención.
La tradición llama a esa atención sostenida sobre lo mismo samādhāna, una de las seis virtudes que se piden al buscador. No es nada místico. Es un músculo, y se entrena.
En voz alta, en susurro, mentalmente
El japa tiene tres niveles, de más fácil a más difícil.
El primero es en voz alta. Uno se oye a sí mismo, y la voz, que es un órgano de acción, sostiene la atención.
El segundo, en susurro.
El tercero, mental: hablar dentro, sin sonido. Es el más sutil y el que más cuesta.
Quien se pierde en el japa mental hace bien en empezar por la voz e ir bajando el volumen a medida que se siente cómodo. Y si cuesta mucho, se practica menos tiempo: ocho o diez minutos bastan.
La tradición considera más potentes las formas mentales. Por eso el propio estudio, que es una actividad cognitiva, se tiene por un ritual: el ritual del conocimiento.
Quién da el mantra
Un mantra no se elige como quien entra en una tienda a ver cuál le gusta.
Lo da el profesor, si conoce al alumno y hay trato con él.
Los mantras védicos, como el Gāyatrī, tienen reglas de fonética y de tonos. O se dicen bien o no se dicen bien. Si nadie los ha enseñado y corregido, es seguro que se dicen mal. No es una prohibición estricta, pero no dan el mismo resultado. Por eso, sin maestro, se toma un mantra no védico.
Si no hay profesor, sirve uno general, como oṃ īśāya namaḥ, o el de Gaṇeśa, oṃ gaṃ gaṇapataye namaḥ, con el que empieza la mayor parte de la gente. Es de los mejores para empezar.
Uno solo, y seguir con él
Lo recomendable es tomar un único mantra y seguir con él.
Cambiar de mantra cada temporada, según el humor o la última lectura, es otra forma de la misma dispersión que el japa quiere corregir. La mente que salta de mantra en mantra es la mente que saltaba del partido a Gandhi.
La forma tiene además otra función, que se descubre en los días malos. «Hoy no estoy bien, pero cojo el rosario, tomo el mantra y hago.» A largo plazo eso da soporte. Como la técnica en el ballet o en el tiro olímpico: sin una base, no hay nada.
Por qué tantos mantras empiezan por Oṃ
Oṃ es el nombre del Señor. Su sentido es avati, rakṣati: el que protege, el que sostiene. Y como sonido reúne a todos los demás, de la a que sale al abrir la boca a la m que sale al cerrarla.
Una vez que se conoce su significado, Oṃ es el nombre del Señor para quien lo pronuncia, y con él se le invoca. Por eso abre tantas oraciones, recitaciones y mantras. Lo explica Swami Dayananda en El significado del símbolo Om.
Lo que un mantra no es
No es una fórmula mágica. No obra por sí sola, no concede deseos ni da poderes.
No es una afirmación positiva. «Soy abundancia», «merezco lo mejor»: eso es una técnica de autoayuda para convencer a la mente de algo. Un mantra se dirige al Señor. No intenta fabricar un estado de ánimo.
No es un sonido que funcione por su vibración. Oṃ no es «el sonido primordial». Funciona como funciona una palabra: por lo que significa.
No es el fin. El japa reúne la mente, la integra, la hace capaz de estar con un solo pensamiento. Eso es valiosísimo, y es preparación. Lo que uno es no se alcanza repitiendo nada: se conoce.
Un ignorante que medita es un ignorante, pero relajado y calmado. La frase es de la tradición, y no desprecia la meditación: le pone su sitio.
Para empezar
El japa, con la observación de la respiración y la relajación, es de las meditaciones que cualquiera puede practicar por su cuenta.
Lo que no se hace por su cuenta es lo otro: la comprensión de quién es el que repite. Eso pide un medio de conocimiento y un maestro. La primera puerta es el curso gratuito de Vedanta y meditación, donde se ven estas cuatro meditaciones y su lugar.
