Al final de la vida aparecen preguntas que, como dice el médico de paliativos Julio Gómez, «no se resuelven solo por la psicología»: entre ellas, «si queda algo cuando yo me vaya». La Bhagavad Gītā responde a esa pregunta con un conocimiento, no con un consuelo: lo que uno es «no nace ni muere; cuando el cuerpo es destruido, no es destruido» (2.20).
Vozpópuli publicaba el 20 de octubre una entrevista a Julio Gómez Cañedo, médico de cuidados paliativos en el Hospital San Juan de Dios de Santurtzi. Lleva desde 2003 acompañando a personas que se mueren.
El titular resume su experiencia: «Con presencia, compasión y espiritualidad, las personas mueren mejor».
No es un teórico. Habla desde la cama del enfermo, y desde la muerte de su propia hija. Eso merece respeto antes que comentario.
Lo que la psicología no alcanza
Hay una frase suya que no debería pasar de largo. Las preguntas del final de la vida, dice, «no se resuelven solo por la psicología ni por análisis ideológicos, cognitivos o racionales».
Y enumera cuáles son. Si la vida ha merecido la pena. Si uno se siente querido y perdonado. Y «si queda algo cuando yo me vaya».
Las dos primeras miran hacia atrás: la biografía. La tercera mira a otra parte. No pregunta qué he hecho, sino qué soy.
Es la pregunta que uno aplaza toda la vida. Y aparece cuando ya no hay nada más que aplazar.
El miedo de quien acompaña
Gómez dice algo más, dirigido a los que cuidan: «Si no me atrevo a interrogarme por mis propios temores a la muerte…». Y lo compara con la espeleología: «la primera cueva que te toca transitar es la propia».
Con toda la razón. Nadie acompaña bien un miedo que en sí mismo no ha mirado.
Pero mirar el miedo no es lo mismo que resolverlo. Se puede mirar con valentía durante años y que siga ahí. Porque el miedo a morir no es una emoción mal gestionada. Es la consecuencia lógica de una conclusión: yo soy este cuerpo.
Mientras esa conclusión no se examine, el miedo tiene sus motivos.
La respuesta que no es un consuelo
A la pregunta de si queda algo se suele responder de dos maneras. Con una creencia —el cielo, la reencarnación, la energía que se transforma— o con un encogimiento de hombros.
La Bhagavad Gītā no hace ninguna de las dos cosas.
na jāyate mriyate vā kadācin nāyaṃ bhūtvā bhavitā vā na bhūyaḥ
ajo nityaḥ śāśvato ’yaṃ purāṇo na hanyate hanyamāne śarīre«Este [Ser] nunca nace, ni muere. No es que, habiendo existido, deje de existir de nuevo. Es no nacido, eterno, no sufre cambio alguno y es siempre nuevo; cuando el cuerpo es destruido, él no es destruido.» (2.20)
El verso no habla de algo que sobrevive al cuerpo como un pasajero que se baja del tren. Habla de lo que uno es ahora: lo que nunca estuvo en el tiempo.
La Gītā menciona también la reencarnación, el que mora en el cuerpo deja los cuerpos viejos como quien deja la ropa gastada (2.22). Pero no la ofrece como respuesta. Saber que habrá otro cuerpo solo cambia de ropa a la misma pregunta.
La respuesta está tres versos más abajo. Lo que uno es no es un objeto que se perciba ni algo que se piense (2.25). Es el que percibe y el que piensa. Y el verso termina: «sabiéndolo así, no debes afligirte».
Sabiéndolo. No creyéndolo, ni sintiéndolo un rato.
Lo que dice la tradición a quien acompaña
Gómez propone hablar de la muerte antes de que llegue, en los death cafés y donde haga falta: «Si no hablamos nunca de la muerte, cuando llega no tienes herramientas para afrontarla».
La tradición védica está de acuerdo, y va un paso más allá. La Gītā entera es una conversación sobre la muerte que se tiene antes de la batalla, no durante la agonía. Arjuna pregunta cuando todavía puede escuchar.
El buen acompañamiento hace que se muera mejor. El conocimiento de uno mismo hace algo distinto: que el que acompaña, y el que se va, sepan quién es el que no se va.
Esa pregunta no se responde en un artículo. Se responde con un medio de conocimiento, con un maestro, y con tiempo. Lo hemos desarrollado en la guía Miedo a la muerte: qué enseña la Bhagavad Gītā, y la primera puerta para recorrerlo es el curso gratuito de Vedanta y meditación.
