Para la Bhagavad Gītā, el miedo a la muerte no se calma con un consuelo: se deshace con un conocimiento. La muerte es cierta para todo lo que nace (2.27), pero lo que uno es «no nace ni muere; cuando el cuerpo es destruido, no es destruido» (2.20). El miedo nace de tomarse por el cuerpo; se va cuando se ve con claridad quién es el que teme.
El miedo a morir es de los pocos que comparte cualquier hijo de vecino. No hace falta ser creyente ni filósofo. Basta con tener un cuerpo y saber que no va a durar.
La Gītā no esquiva el tema. Lo pone en el centro del capítulo segundo, en boca de Kṛṣṇa, ante un hombre que está a punto de entrar en una batalla.
La muerte es cierta
Empecemos por lo que nadie discute.
jātasya hi dhruvo mṛtyur dhruvaṃ janma mṛtasya ca
tasmād aparihārye ’rthe na tvaṃ śocitum arhasi«Porque para lo que ha nacido la muerte es segura, y para lo que ha muerto el nacimiento es seguro; por tanto, no debes afligirte por aquello que no se puede cambiar.» (2.27)
La muerte es cierta. Si alguien no se ha enterado, la muerte es cierta. No sale en los titulares del desarrollo personal. Un libro que se titulara así no lo compraría nadie.
Y sin embargo todos lo sabemos. Lo que pasa es que lo sabemos para el vecino. La muerte es cosa de otros, de los mayores, de las noticias. Para mí, todavía no.
Ese saber que no se asimila es el primer problema. No es falta de información: es falta de sabiduría práctica. Este verso no es metafísica. Es filosofía de la calle: si hay cuerpo, habrá transformación; si hay nacimiento, habrá muerte. Lo que no se puede cambiar, lo sabio es aceptarlo.
Pero la Gītā no se queda aquí. Si se quedara, sería estoicismo. Siete versos antes ha dicho algo mucho más gordo.
No naces, no mueres
na jāyate mriyate vā kadācin nāyaṃ bhūtvā bhavitā vā na bhūyaḥ
ajo nityaḥ śāśvato ’yaṃ purāṇo na hanyate hanyamāne śarīre«Este [Ser] nunca nace, ni muere. No es que, habiendo existido, deje de existir de nuevo. Es no nacido, eterno, no sufre cambio alguno y es siempre nuevo; cuando el cuerpo es destruido, él no es destruido.» (2.20)
Ayam, «este», es el ātman: uno mismo. Uno mismo no nace. No muere. Ni siquiera viene a la existencia como algo que sucede en el tiempo, ni dejará de existir en el futuro.
El verso dice además que no envejece. Y aquí conviene detenerse, porque la vejez es lo que nadie quiere.
Para estar en forma o fuera de forma hay que tener forma. El ser no tiene forma. No está en el tiempo ni en el espacio. ¿Cómo iba a envejecer? ¿Cómo iba a salirse de una forma que no tiene?
La forma, en cambio, hay que cuidarla. Necesita esfuerzo, entrenamiento. Y no se mantiene siempre. Eso lo cree un adolescente en el gimnasio. Un adulto sabe que la forma se pierde.
Y la última frase es la más extraña de todas: na hanyate hanyamāne śarīre. Cuando el cuerpo es destruido, uno no es destruido.
¿Quién quiere morir?
Aquí cabe una pregunta más interesante que cualquier especulación sobre el más allá. ¿Por qué no aceptamos morir?
Todos queremos sobrevivir. Cuidamos la salud, comemos bien, hacemos ejercicio. Pero la resistencia va más lejos: también queremos sobrevivir cuando ya no estemos en el cuerpo.
Mire usted las estrategias.
Se escribe un libro. Se deja algo para la posteridad. Se pone a una fundación el propio nombre. Se pone el propio nombre a los hijos, como si no hubiera otros: «mi hijo, Antonio». Es como si Antonio continuara. Se deja una calle, una obra benéfica, un fideicomiso.
Aquiles va a Troya porque su madre le pregunta si quiere la inmortalidad, que lo recuerden las generaciones. Y dice que sí.
Ese impulso está muy metido dentro de nosotros. De manera natural no aceptamos la mortalidad.
Eso puede querer decir que la mortalidad no es lo que somos.
Si morir fuera natural para uno, nos dirían la fecha y firmaríamos tranquilos: «el 12 de marzo, de acuerdo». Nadie firma. Hay un ímpetu de continuar. Y quizá ese ímpetu no se equivoca en lo que busca, sino en dónde lo busca.
La inmortalidad no va a llegar en la forma que imaginamos: no en la del cuerpo, ni en la de los sentidos, ni en la de la mente, ni en la del nombre. Si la hay, es la de esa presencia lúcida que es lo más íntimo de cada uno.
La reencarnación no es la respuesta
Muchos esperan que la Gītā responda al miedo con la reencarnación. Y el verso existe.
vāsāṃsi jīrṇāni yathā vihāya navāni gṛhṇāti naro ’parāṇi
tathā śarīrāṇi vihāya jīrṇāny anyāni saṃyāti navāni dehī«Así como una persona deja la ropa vieja y toma otra nueva, del mismo modo el que mora en el cuerpo deja los cuerpos viejos y toma otros que son nuevos.» (2.22)
La tradición enseña tres cuerpos: el físico, el sutil y el causal. El físico desaparece como la ropa gastada. El sutil —la mente, las impresiones, el karma, la memoria acumulada— continúa en otro cuerpo, aunque no se recuerde.
Pero conviene leer el verso con cuidado. Si uno se queda con él y dice «qué bien, entonces sigo, aquí no muere nadie», lo único que ha hecho es apegarse a otra identidad. Ha cambiado de ropa, no de pregunta.
Y eso no es el Vedanta. El Vedanta no quiere saber cuántos cuerpos me quedan. Quiere saber qué soy. Saber que tengo otros cuerpos por delante no me lleva a ningún sitio: solo perpetúa el saṃsāra, la rueda de nacer y morir.
La reencarnación consuela. Pero el consuelo no es lo que busca la Gītā.
La consciencia no es el cerebro
El siguiente verso dice que las armas no cortan al ser, que el fuego no lo quema, que el agua no lo moja y que el viento no lo seca (2.23).
La objeción moderna es inmediata: la consciencia la produce el cerebro; cuando el cerebro se apaga, se acaba todo. Son los nuevos materialismos que reducen a la persona a neuronas.
El Vedanta responde con un ejemplo sencillo. La luz que ilumina mi mano está presente en la mano, pero no pertenece a la mano. Si quito la mano, la luz sigue, ahora sobre la camisa.
En el cuerpo hay consciencia. Pero la consciencia no es una propiedad del cuerpo. Si lo fuera, bastaría con poner un cerebro en un cubo con electricidad para fabricarla. Eso es Frankenstein, no filosofía.
Cuando el cuerpo muere, la consciencia no muere con él. Lo que se acaba es lo que estaba iluminado.
No es un objeto que se pueda ver
El argumento termina en el verso veinticinco.
avyakto ’yam acintyo ’yam avikāryo ’yam ucyate
tasmād evaṃ viditvainaṃ nānuśocitum arhasi«Se dice que este [Ser] es no manifiesto, que no es objeto del pensamiento y que no está sujeto a cambio. Por tanto, sabiéndolo así, no debes afligirte.» (2.25)
Avyakta: no es objeto de percepción. Nadie se encuentra con el ser y dice «ahí está». Si lo veo, no es él.
Acintya: no es objeto del pensamiento. No se representa ni se deduce como se deduce otra cosa.
Esto pone nerviosa a mucha gente, que quiere «sentirlo». Pero no es una emoción ni una experiencia. Es el experienciador detrás de todas las experiencias. En la foto no sale ni la cámara ni el fotógrafo, y la foto prueba que existen.
Y entonces llega la conclusión: tasmād evaṃ viditvā, «por tanto, sabiéndolo así». No dice «creyéndolo», ni «sintiéndolo», ni «repitiéndolo». Dice sabiéndolo. El remedio de la aflicción es un conocimiento.
Por qué el miedo se va con conocimiento
El miedo a la muerte tiene una estructura lógica. Yo soy este cuerpo. Este cuerpo va a morir. Luego yo voy a morir.
La segunda frase es cierta: la Gītā lo dice sin rodeos (2.27). Lo que se examina es la primera.
Ningún consuelo toca esa primera frase. El consuelo la deja intacta y pone algo encima: una esperanza, una creencia, un rato de calma. Por eso dura poco.
El conocimiento va a la raíz. Si se ve que lo que uno es no tiene forma, no está en el tiempo y no es un objeto, la conclusión «voy a morir» pierde su sujeto. El cuerpo morirá. Uno no.
La tradición no pide que esto se crea. Pide que se examine, con un medio de conocimiento y con un maestro, hasta que deje de ser una frase y sea visión.
Lo que la Gītā no promete
No promete que el cuerpo no duela, ni que la despedida de los que uno quiere sea fácil. Un sabio puede llorar a un amigo. Lo que no hace es lamentarse de que la naturaleza sea perecedera, como si pudiera ser de otro modo.
Tampoco es una terapia. Si el miedo es un trastorno, lo trata un profesional de la salud.
Y no es para quien se pasa el día manipulando el mundo para conseguir placer y evitar dolor. Kṛṣṇa lo dijo unos versos antes: quien tolera los opuestos sin verse arrastrado es apto para este conocimiento (2.15). Cuanta más energía se gasta en resistirse a la vida, menos entra.
Para seguir
El miedo de Arjuna en el campo de batalla, la pena y la confusión que lo paralizan, se trata en Qué dice la Bhagavad Gītā sobre el miedo y la ansiedad.
Los versos citados, palabra por palabra y con el comentario de Śaṅkara, están en la Biblioteca: 2.20, 2.22, 2.23, 2.25 y 2.27.
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