Ramiro Calle sostiene que «el recuerdo que más nos une en este mundo es el del placer y el dolor». El Vedanta está de acuerdo, y lo llama rāga y dveṣa: la atracción por lo que agradó y el rechazo de lo que dolió. Pero añade por qué atan: porque atamos la felicidad a un tipo de experiencia, cuando el que experimenta está detrás de las dos.
El 15 de octubre, Vistazo recogía una conversación de Ramiro Calle con Álex Fidalgo. Calle, que dirige el Centro de Yoga Shadak desde 1971, ya había dado que hablar este mes con otra entrevista. Esta toca otra cosa.
El titular es suyo: «El recuerdo que más nos une en este mundo es el del placer y el dolor».
Lo que dice el artículo
Según lo resume la periodista, Calle sostiene que las experiencias felices y las dolorosas nos atan de forma parecida. Tras algo agradable surge el impulso de repetirlo. Tras una decepción, el miedo. El deseo nos acerca a lo que nos satisfizo; el rechazo nos aleja de lo que nos hizo daño.
El problema, sigue el artículo, aparece cuando esas reacciones automáticas dejan de responder al presente y pasan a definir quiénes somos. Y propone observar los pensamientos sin identificarse del todo con ellos, y no exigir a nadie que nos complete.
Hay poco que objetar. Es un diagnóstico lúcido, y en buena parte coincide con lo que enseña la tradición.
Rāga y dveṣa
La tradición védica tiene nombre para esas dos fuerzas. Rāga es la atracción por lo que una vez agradó. Dveṣa, el rechazo de lo que una vez dolió.
No nacen del presente. Nacen de la memoria. Uno no busca este placer: busca repetir aquel. No teme esta situación: teme que vuelva aquella.
Hasta aquí, Calle y el Vedanta van de la mano. La diferencia está en lo que viene después.
Por qué atan
Querer repetir lo grato parece inofensivo. Incluso sensato. Pero tiene una consecuencia que no se ve a primera vista.
Si uno solo es feliz con las experiencias gratas, ha atado la felicidad a un tipo de experiencia.
Y entonces la vida se parte en dos. Hay experiencias que deben suceder, que hay que repetir y repetir. Y hay otras que no deben suceder, y que hay que evitar a toda costa.
La vida, sin embargo, trae las dos. Siempre. Lo agradable y lo desagradable vienen y se van, dice la Gītā (2.14). Quien solo admite una mitad se pasa los días controlando el mundo: control y resultados, control y resultados.
Eso es lo que ata. No el recuerdo, sino la exigencia que el recuerdo crea.
El que experimenta las dos
Y aquí el Vedanta da un paso que el artículo no da.
Toda experiencia, grata o ingrata, presupone a alguien que la experimenta. El placer va y viene. El dolor va y viene. El que los experimenta, no.
La Gītā lo llama avyakta y acintya (2.25): no es un objeto que se perciba ni un pensamiento que se piense. Es el experienciador detrás de toda experiencia, el sostén de todas ellas.
Si uno es eso, ¿por qué va a sujetarse a un tipo de experiencia? El experienciador está en las gratas y en las ingratas. No pierde nada en ninguna.
Distancia o conocimiento
Calle propone observar los pensamientos con distancia. Es un buen comienzo. La tradición lo llamaría preparación, y la tiene en alta estima: quien tolera los opuestos sin verse arrastrado está apto para el conocimiento de sí (2.15).
Pero la distancia es todavía una postura de la mente. Se puede sostener un rato. Se pierde con la noche mal dormida o con la siguiente decepción.
Lo que deshace rāga y dveṣa de raíz no es mirarlos desde lejos. Es ver quién los mira. Y eso no es una técnica. Es un conocimiento, con su medio y su maestro.
Sobre el desapego como objetividad, y no como frialdad, escribimos en Apego y desapego según Vedanta. Y por qué nadie puede completarnos, en Pūrṇam adaḥ pūrṇam idam.
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