Un puruṣārtha es un fin humano: aquello que el ser humano busca porque puede elegirlo. La tradición védica reduce todos los fines posibles a cuatro —seguridad (artha), placer (kāma), lo correcto (dharma) y la liberación (mokṣa)—, y sostiene que solo el ser humano los tiene, porque solo él elige su futuro en vez de vivirlo por instinto.
Esta es la primera de tres partes sobre los cuatro fines de la vida. Antes de preguntar cuál es el sentido de la vida, conviene saber qué se está buscando ya.
Qué significa la palabra
Puruṣa es el ser humano, hombre o mujer. Artha tiene muchos sentidos en sánscrito: significado, riqueza… Aquí significa fin, destino. Lo que todo ser humano persigue.
Puruṣārtha, por tanto, es fin humano.
La palabra se usa a veces con otros sentidos: libre albedrío, elección, esfuerzo. No es casualidad. Para tener fines hace falta poder elegir y poder esforzarse por lo elegido.
Swami Paramārthānanda, en sus clases sobre el Tattva Bodha, subraya lo que esconde el nombre: son fines humanos. No de los animales, no de las plantas.
Lo que compartimos con los animales
Hay un verso tradicional que lo dice sin rodeos:
āhāra-nidrā-bhaya-maithunaṁ ca
sāmānyam etat paśubhir narāṇām
buddhir hi teṣām adhiko viśeṣo
buddhyā vihīnāḥ paśubhiḥ samānāḥ
Comer, dormir, temer y procrear son comunes al ser humano y a los animales. Lo que el ser humano tiene de más es la inteligencia, buddhi. Sin ella, es igual que los animales.
Comer, dormir, protegerse, perpetuar la especie. En eso no hay mucha diferencia entre nosotros y el perro de casa.
La diferencia es la buddhi: la capacidad de razonar, de juzgarse, de compararse, de proyectar un futuro y planearlo.
Paramārthānanda lo ilustra con un concurso canino. Al perro que gana la medalla de plata no le quita el sueño la de oro. Saca la lengua y mira a un lado y a otro. El que tiene el complejo es el dueño.
Elegir es tener fines
Los animales viven por instinto. También buscan seguridad y comodidad: si aprieta el sol, se van a la sombra. Pero no lo planean ni lo eligen.
El ser humano tiene instintos, y además puede elegir su futuro. Se compara, se juzga, quiere mejorar, y para eso se fija metas: a corto plazo, a largo plazo, intermedias, últimas.
Cada una de esas metas es un puruṣārtha.
En clase lo planteo así: la mayoría de la gente busca seguridad y placer, que son búsquedas legítimas. Pero la búsqueda de lo correcto y la de la liberación es exclusivamente humana. Un animal no es un sujeto moral ni puede preguntarse quién es. No las necesita ni puede tenerlas.
Infinitos fines, cuatro categorías
Si uno se pone a contar sus metas, no acaba nunca. La casa, el ascenso, el viaje, la jubilación, que los hijos estudien, que no duela la espalda…
La tradición no las cuenta. Las clasifica. Cualquier fin que alguien persiga cae en una de estas cuatro categorías, y no hay una quinta:
- Artha, la seguridad: todo lo que se consigue para sobrevivir y para quitarse el miedo a no sobrevivir. Comida, ropa, techo, salud, ahorros, seguros…
- Kāma, el placer: lo que no hace falta para sobrevivir pero se disfruta. El entretenimiento, la comodidad, el viaje.
- Dharma, lo correcto: el orden de lo que corresponde hacer y evitar, y el mérito invisible que deja hacerlo.
- Mokṣa, la liberación: la libertad interior respecto de todos los demás fines.
Los tres primeros, dice Paramārthānanda, se agrupan bajo un solo nombre: preyas, lo que se adquiere. El cuarto se llama śreyas. No es uno más de la lista. Es de otra naturaleza.
Por qué importa saberlo
Quien no sabe qué busca, busca a ciegas. Y suele pedir a una cosa lo que esa cosa no puede dar: seguridad al dinero, plenitud al placer, sentido al éxito.
Saber que todo lo que uno persigue cae en cuatro categorías es el primer paso para mirar cada una por lo que es. Qué da. Qué no da. Y qué se está buscando en realidad cuando se busca todo lo demás.
En la Parte II se mira de cerca la seguridad y el placer, y por qué el dharma es el que los ordena.
