La no dualidad es la enseñanza de Vedanta según la cual solo hay una realidad que existe por sí misma, Brahman, y todo lo demás —el mundo, el cuerpo, la mente— existe dependiendo de ella, como la vasija existe dependiendo de la arcilla. Esa realidad es lo que uno es. Por eso individuo, mundo y Dios no son tres cosas. Son una, vista desde tres lados.
Dicho así, suena a abstracción. No lo es. Se apoya en dos palabras que cualquiera puede comprobar con un cacharro de barro: satyam y mithyā.
La vasija y la arcilla
Mira una vasija. ¿Qué es? Swami Dayananda invita a examinarla con cuidado. La vasija no tiene existencia sin la arcilla. Su peso es el peso de la arcilla. Su tacto, el tacto de la arcilla. No está «encima» de la arcilla ni sale de ella como un hijo de su madre. «Vasija» es un nombre para una forma y una función.
La vasija es arcilla. La arcilla no es una vasija.
A lo que existe por sí mismo, la tradición lo llama satyam. A lo que existe dependiendo de otra cosa, sin poder separarse de ella, mithyā. La arcilla es satyam respecto a la vasija. La vasija es mithyā.
Mithyā no quiere decir falso ni inexistente. La vasija contiene agua. Se puede romper. Pero no tiene ser propio.
De la vasija al mundo
La Chāndogya Upaniṣad hace el mismo razonamiento con todo lo que existe. Solo la arcilla es real en la vasija, mṛdeva satyam. Solo el ser es real en el mundo, sadeva satyam. El mundo es nombre y forma que depende, para existir, de Brahman.
Todo entra ahí. El espacio, el aire, el fuego. Los árboles y las galaxias. El cuerpo y la mente. Todo es mithyā, y nada está separado de su causa. Por eso se dice idam sarvam brahma: todo esto es Brahman.
Esto es lo que significa no dualidad. No que no haya diferencias. Hay vasijas, platos y ladrillos, y no son lo mismo como formas. Lo que no hay es un segundo material. «No dos» se refiere a la realidad, no a las formas.
Dos clases de mithyā
Aquí Swami Dayananda da un paso que casi nunca se explica, y que cambia la vida práctica.
Hay un árbol en el camino. Lo vea o no, está ahí; si camino con los ojos cerrados, me lo como. El bache de la carretera no deja de estar porque no lo vea; la sacudida lo demuestra. Esto es un tipo de mithyā: «es», y por tanto lo veo. Es el mundo de Īśvara, el orden dado. Swami Dayananda lo llama objetividad.
Hay otro tipo: lo veo, y por tanto «es». El sueño está hecho de esto. En medio del Pacífico se sueña una montaña, y mientras dura el sueño la montaña es tan real como cualquiera. Esto es subjetividad.
Y no ocurre solo al dormir. Despiertos, interpretamos. Bajo la presión del miedo o de lo que sea, leemos intenciones donde no las hay. «Cuando vives en el mundo no siempre estás viviendo en el mundo de Īśvara. Estás en el mundo de Īśvara más tu propio y personal mundo proyectado.»
Juan
El ejemplo es de lo más cotidiano. Juan cambia de trato contigo. Tú concluyes que es hostil. En realidad Juan tiene sus propios problemas, y su conducta no tiene nada que ver contigo.
Que Juan es una persona, es objetivo. Que es un mal hombre, es tu creación. La primera es mithyā del primer tipo; la segunda, del segundo. Y la segunda, para ti, es completamente real. La sientes. «Puesto que tus sentimientos son reales, la causa es también asumida como real.» Muchas buenas relaciones, observa Swami Dayananda, se destruyen así.
Lo que desaparece con el conocimiento
Lo mismo pasa con la conclusión más grave de todas. Que el cuerpo nace y muere, es objetivo: pertenece a Īśvara. Que yo soy un saṁsārī —pequeño, insignificante, culpable, herido— es subjetivo. «Esto no tiene objetividad en absoluto.»
Y lo subjetivo tiene un destino: desaparece cuando surge el conocimiento. La serpiente desaparece cuando se ve la cuerda. El Juan malvado se esfuma cuando se entiende a Juan. El sueño se va al despertar.
Lo objetivo, en cambio, no desaparece. «Si estás iluminado tu cuerpo no desaparecerá; tampoco tu mente —nada desaparecerá—. Nada necesita desaparecer.» La no dualidad no suprime el mundo. Suprime el error.
Una añadidura que no añade nada
Queda una pregunta. Si uno es la totalidad, ¿qué pinta en un cuerpo? ¿No es eso descender de lo infinito a lo finito?
Swami Dayananda responde con una ciudad. Coimbatore, en la India, cultivaba algodón y lo mandaba a Bombay. Un día alguien lo trató allí mismo. Otro abrió una hilandería. Otro, un telar; otro, un tinte; otro, una fábrica de ropa. Cada paso añadía valor, y ninguno añadía nada: se empezó con algodón y se terminó con algodón.
Así con el cuerpo, la mente y los sentidos. La totalidad no puede andar; yo puedo andar. No puede hablar; yo puedo. No puede pensar ni responder; yo puedo. Son añadiduras, y vistas así, lujos. No hacen a nadie menos completo.
Por dónde se empieza a verlo
Comprender tat tvam asi, «eso eres tú», pide una cualificación que Swami Dayananda nombra con claridad: objetividad. Reducir la subjetividad es, en sus palabras, «un proyecto para toda una vida». Dar a la otra persona el beneficio de la duda. Reconocer que un sentimiento es un sentimiento. Y, sobre todo, reconocer más a Īśvara: cuanto más se ve el orden, menos sitio queda para el mundo proyectado.
La no dualidad no se entiende de una lectura. Se va viendo con un método y un maestro. El primer paso es el curso gratuito de Vedanta y meditación, y la obra con la que la tradición empieza es el Tattva Bodha. El panorama completo está en Qué es el Advaita Vedanta. El texto de Swami Dayananda, en Mahāvākya: la gran frase.
