Pasar de un contenido espiritual a otro en las redes no es una vida espiritual: es la misma mente dispersa de siempre, que busca un objeto nuevo, ahora con otro tema. El remedio no es una desconexión digital, que deja intacta la mente que vuelve al móvil, sino un conocimiento con método y continuidad, para el que la serenidad de la mente es condición.
La pregunta de la semana
«¿Cómo las redes sociales pueden afectar tu espiritualidad?», titulaba Aleteia el 30 de septiembre. Es buena, y merece una respuesta más precisa que la habitual.
Antes, una advertencia. Vedanta Academy también publica en redes. Un vídeo corto puede abrir una pregunta. Lo que no puede es responderla.
Un menú sin fondo
Basta abrir cualquier aplicación para verlo.
Un vídeo de sesenta segundos sobre la impermanencia. Después, otro sobre cómo atraer la abundancia. Después, un maestro indio con subtítulos, una cita de Rumi en fondo de atardecer, una respiración para dormir mejor… y un gato.
Todo cabe en el mismo hilo. Todo dura lo mismo. Todo se olvida a la misma velocidad.
Quien pasa así una hora cada noche tiene la sensación de estar haciendo algo por su vida interior. Ha visto mucho. Ha guardado mucho. Sabe frases de todas las tradiciones.
La creencia que lo sostiene
Uno tiene la impresión de que va sumando: cuanto más contenido espiritual consumo, más espiritual es mi vida.
Y otra, más fina: el próximo vídeo será el que lo aclare todo. Por eso se sigue deslizando el dedo.
No es una debilidad de carácter. Es lo que hace una mente movida por gustos y aversiones, rāga-dveṣa. Ninguna mente así tiene bastante con lo que ya tiene. Siempre aparece algo más que parece importante. Las redes no inventaron ese mecanismo. Lo han puesto a funcionar sin pausa, con un menú que no se acaba nunca.
El contenido espiritual no saca a la mente de ese mecanismo. Le da otro objeto.
Lo que dice la Gītā
La Bhagavad Gītā lo describe con una imagen marinera, en el verso 2.67:
indriyāṇāṃ hi caratāṃ yan mano ’nuvidhīyate
tad asya harati prajñāṃ vāyur nāvam ivāmbhasi
«Pues la mente que se pliega a los sentidos que vagan arrebata la sabiduría, como el viento a una barca en las aguas.»
Fijémonos en lo que dice. No dice que la mente dispersa pierda el tiempo. Dice que roba el conocimiento.
Lo explicaba así a una alumna hace unas semanas: un conocimiento que no se asienta no se queda esperando intacto. Deja de estar disponible, como si nunca se hubiera entendido. Por eso la atención y la serenidad no son un complemento del conocimiento. Son su condición.
Mil vídeos sobre el desapego, vistos con una mente que salta de uno a otro, no dejan desapego. Dejan mil vídeos.
El detox tampoco
La respuesta de moda es la desconexión digital. Un fin de semana sin móvil, una aplicación que bloquea las aplicaciones.
Puede venir bien, igual que un ayuno. Pero no toca el fondo. Quien vuelve el lunes vuelve con la misma mente, que buscará otro objeto nuevo en cuanto pueda. Si no es el móvil, será otra cosa.
La tradición no propone tanto quitar estímulos como recuperar la capacidad de decidir dónde se pone la atención. A eso lo llama dama. No es represión: es llevar las riendas.
Lo que sí funciona
Lo que la mente dispersa no puede darse es lo contrario de un hilo infinito: una enseñanza con principio, orden y continuidad, recibida de alguien de la tradición, semana tras semana, con tiempo para que lo oído se asiente.
No más contenidos. Menos, y en orden. No el próximo vídeo, sino el siguiente paso.
Eso es lo que hace un curso de Vedanta, y es lo que ningún algoritmo está diseñado para ofrecer. El primer paso puede ser el curso gratuito de Vedanta y meditación.
