Según la Bhagavad Gītā, la ira no se controla cuando ya ha llegado: cuando está ahí, el discernimiento ya se ha ido. Se previene antes. La Gītā describe una cadena: detenerse a pensar en un objeto crea apego, el apego crea deseo, y el deseo frustrado se vuelve ira (2.62). Se corta en el valor que se da a lo que se desea y en la expectativa de que todo salga como uno quiere, no en el estallido.
Cuente hasta diez. Respire hondo. Salga a correr. Golpee un cojín. Desahóguese, que reprimir es malo. O no se desahogue, que es peor.
Los consejos para controlar la ira son de toda la vida, y casi todos tienen algo en común: llegan cuando la ira ya está ahí. Gestionan el humo. Del fuego no dicen nada.
La ira llega tarde a su propia historia
Cuando uno estalla, cree que la causa es lo que acaba de pasar: el que se ha colado, el correo impertinente, el hijo que no recoge.
No es así. Lo que acaba de pasar es la chispa. La leña llevaba tiempo apilada.
La Gītā lo explica en dos versos que son, en palabras de quien los enseña, un mapa entero de la mente humana:
dhyāyato viṣayān puṃsaḥ saṅgasteṣūpajāyate
saṅgāt saṃjāyate kāmaḥ kāmāt krodho’bhijāyate«En el hombre que se detiene a pensar en los objetos nace el apego hacia ellos; del apego nace el deseo, y del deseo nace la ira.» (2.62)
krodhādbhavati saṃmohaḥ saṃmohātsmṛtivibhramaḥ
smṛtibhraṃśādbuddhināśaḥ buddhināśātpraṇaśyati«De la ira nace la confusión; de la confusión, el extravío de la memoria; de la pérdida de la memoria, la ruina de la inteligencia; y por la ruina de la inteligencia, el hombre perece.» (2.63)
Vamos eslabón por eslabón.
Primer eslabón: el samādhi de objetos
El verso usa una palabra que sorprende: dhyāyataḥ, «el que medita». En los objetos.
En clase lo explicamos con el socorrista atractivo de la piscina. Uno se fija una vez. Los ojos vuelven, y vuelven otra vez. En eso somos todos expertos: en el samādhi de objetos. Y quien dice el socorrista dice el dinero, un coche, una persona, el poder.
No hay nada malo en ello. Así funcionan los sentidos y la mente. Pero no se puede desear lo que no se ha contemplado antes. Por eso la publicidad no se cansa de repetir el anuncio.
Segundo y tercer eslabón: el pegamento y el deseo
De tanto volver sobre el objeto nace saṅga: el pegamento, el gusto. Y del gusto, el deseo, kāma.
Tampoco aquí hay problema todavía. Muchos deseos se cumplen. Y sin deseos uno no se levantaría del sofá.
El problema empieza cuando el deseo no se cumple.
Cuarto eslabón: el deseo que se vuelve contra el obstáculo
Swami Dayananda lo dice sin rodeos: el deseo mismo se convierte en ira. No es otra emoción. Es el mismo deseo, desviado contra lo que se interpone. Como el vino que se agria y se vuelve vinagre: la uva es la misma.
De ahí salen dos consecuencias que lo cambian todo.
La primera: si no hay expectativa, no hay ira. Si uno sabía que el otro quizá no cumpliría, no se enfada. Si lo daba por hecho, se enfada aunque no diga nada.
La segunda: la magnitud de la ira la da la intensidad del deseo, no el obstáculo. Por eso el mismo atasco a uno le cuesta un suspiro y a otro, la tarde entera.
Quinto eslabón: cuando la educación no sirve
Lo que sigue ya no se elige. Swami Dayananda señala que los verbos del verso cambian: el apego y el deseo «nacen»; la confusión y lo demás, sencillamente, «ocurren».
La confusión trae el extravío de la memoria. No se trata de olvidar el número de teléfono. Es que todo lo aprendido, la educación, lo que uno sabe sobre lo correcto y lo incorrecto, deja de estar disponible. No se ha perdido; es como si se hubiera perdido.
Se ve en personas muy bien educadas a las que, en un arrebato, su educación no les sirve de nada.
Y entonces la inteligencia sigue funcionando, pero al revés: justifica el error, toma lo indeseable por deseable. Manda el impulso.
Por eso contar hasta diez llega tarde. Como dice Swami Dayananda, el control solo es posible antes de la ira. Después, lo que pasa es historia.
Irritados de fondo
Hay una ira que no estalla y que quizá es la más corriente: la irritación de fondo. El que pita en cuanto el semáforo se pone verde. El que salta a la mínima.
Esa irritación no la crea la situación. La crea un cúmulo de situaciones. Vivimos, como se dice en clase, irritados en el corazón.
Y tiene una explicación que parece una paradoja. Comparados con nuestros abuelos, satisfacemos muchos más deseos. Pero el número de deseos insatisfechos es mucho mayor. Una sociedad más rica no tiene por qué estar más satisfecha si cultiva más deseos de los que puede cumplir.
Quien cultiva deseos sin ver sus límites planta las semillas para vivir frustrado.
Lo que no funciona
Reprimirla. Uno se aguanta, la ira hierve por dentro y un día sale como un volcán. Lo que se reprime no desaparece.
Desahogarla. Dar rienda suelta a la ira la entrena. Y deja daños que luego hay que reparar.
Dejar de desear. No se puede, y la Gītā no lo pide. Swami Dayananda es claro: no se trata de evitar la ira evitando el deseo, sino de quitarle al deseo el aguijón.
Las técnicas, solas. Respirar o contar ayudan a no empeorar las cosas, y no está mal. Pero no tocan la leña. Mañana habrá otra chispa.
Dónde se corta la cadena
Si la ira es deseo frustrado, se trabaja antes: en el deseo y en la expectativa.
Primero, en el valor que se da al objeto. No todo lo que uno quiere vale lo que su mente le dice. Ver con objetividad lo que una cosa puede dar y lo que no, rebaja el deseo a su tamaño. Y un deseo de su tamaño, si no se cumple, da una ira de su tamaño.
Segundo, en la expectativa. Esperar que todo salga como uno quiere no es realista. Nace de los gustos y aversiones, rāga-dveṣa, y de no ver que el resultado no depende solo de uno. Lo más, en Rāga-dveṣa.
Tercero, en cómo se recibe el resultado. Si lo que llega se ve como algo que procede de un orden en el que intervienen muchas más variables que las propias, ya no es una afrenta personal. La tradición lo llama prasāda-buddhi. Lo más, en Prasāda y en Qué es el karma y cómo funciona.
Nada de esto es una técnica de cinco minutos. Es una manera de ver que se va asentando.
Y debajo de todo, una pregunta
¿Por qué se desea con tanta fuerza? Porque uno espera del objeto algo que le falta. Si lo consigo, estaré bien.
La Gītā apunta más hondo: a lo que uno es, que no necesita del objeto para estar completo. Esa es la raíz de la cadena, y no se corta con un consejo. Se ve con un medio de conocimiento.
Por ahí empieza el curso gratuito de Vedanta.
