Vivir el presente alivia buena parte del sufrimiento que fabrica la mente al rumiar el pasado y temer el futuro, y eso es cierto. Pero Vedanta va más lejos que El poder del ahora: al analizar el «ahora» descubre que no es un momento al que haya que volver, sino que el tiempo entero es superpuesto, y que lo que queda como su verdad es la conciencia que uno es.
La tesis del libro
Eckhart Tolle lo plantea con claridad en El poder del ahora. Casi todo el sufrimiento humano viene de vivir en la cabeza: rumiando lo que pasó, anticipando lo que puede pasar. El presente, en cambio, rara vez es insoportable. La salida sería dejar de identificarse con la mente y anclarse en el momento presente.
Hay algo verdadero aquí, y conviene reconocerlo. Una buena parte de la angustia es memoria y anticipación. Quien ha pasado una noche en vela por una reunión que luego duró diez minutos lo sabe de sobra.
La creencia que hay debajo
Quien la sigue acaba viviendo el presente como un sitio: el ahora es un lugar, y hay que aprender a estar en él.
Si el presente es un lugar, uno puede estar dentro o fuera. Y si uno está fuera casi todo el día, la vida espiritual se convierte en una vigilancia: ¿estoy en el ahora?, ¿me he vuelto a ir? El ahora pasa a ser un estado que se alcanza, se pierde y se recupera.
Es decir, una experiencia más. Y quien busca una experiencia queda atado a ella.
Lo que pasa cuando se cree
El que practica estar presente descubre pronto dos cosas.
La primera, que el presente no se deja sujetar. Se escapa en cuanto uno se distrae, es decir, cada pocos segundos. Hay que volver, y volver, y volver.
La segunda, más sutil, que el fracaso en estar presente se convierte en una nueva fuente de reproche. Al que antes le pesaba el pasado ahora le pesa no haber estado lo bastante en el ahora. La técnica pensada para quitar un peso añade otro.
Y la pregunta de fondo sigue intacta: ¿quién es el que unas veces está en el presente y otras no?
Mirar el ahora de cerca
Vedanta no rechaza el ahora. Lo mira con más detenimiento.
Swami Dayananda propone un análisis sencillo en su comentario al Tattva Bodha. Piensa en tu último cumpleaños. ¿Cuándo lo piensas? Ahora. Piensa en dentro de seis meses. ¿Cuándo lo piensas? Ahora. El pasado se piensa ahora, y el futuro también. Si se quiere saber algo del tiempo, hay que entender el ahora.
Entonces, ¿cuánto dura el ahora? Este siglo, este año, este mes, este día, esta hora, este minuto, este segundo, este microsegundo… Cualquier longitud de tiempo se puede dividir. Matemáticamente se puede seguir sin fin y nunca se llega al presente.
El ahora no tiene longitud. No es un trozo de tiempo.
Lo que queda
Por eso, explica Swami Dayananda, el tiempo es kalpita, superpuesto. Como la vasija sobre el barro: existe, pero depende de algo que no es ella. Lo explicamos con más detalle en el glosario: māyā.
Y todo lo superpuesto depende de algo que no lo es. ¿Qué es lo que está presente en cualquier longitud de tiempo que uno piense? La conciencia de esa longitud de tiempo. Al analizarla, la longitud se borra y lo que queda es la conciencia sola.
Swami Dayananda lo resume en una frase que conviene leer despacio: la verdad del tiempo es el ahora, y el ahora es conciencia. Eso es lo que la tradición llama sat: no algo que dura mucho en el tiempo, sino aquello sobre lo que el tiempo se superpone.
Otra cosa muy distinta
Aquí está la diferencia con la propuesta del libro.
Para el libro, el ahora es un sitio al que volver. Para Vedanta, el ahora no es un sitio: es lo que uno es. No hace falta volver a él, porque nunca se ha salido. Lo que piensa en el pasado lo piensa ahora. Lo que teme el futuro lo teme ahora. Lo que se distrae también se distrae ahora.
El problema no es estar distraído en el pasado o en el futuro. El problema es no saber quién es el que siempre está presente.
Y eso no se resuelve con atención, sino con conocimiento. Es el discernimiento que se hace con detalle en el Tattva Bodha (El conocimiento de la Realidad), una obra con la que la tradición comienza.
