Māyā es el poder por el que Brahman, la realidad única, aparece como este mundo de nombres y formas; y el mundo que aparece no es una ilusión que engaña, sino mithyā: existe, pero con una realidad prestada, dependiente de aquello de lo que está hecho.
Māyā es el poder por el que Brahman, la realidad única, aparece como este mundo de nombres y formas; y el mundo que aparece no es una ilusión que engaña, sino mithyā: existe, pero con una realidad prestada, dependiente de aquello de lo que está hecho.
La ilusión que no es
Māyā se traduce casi siempre por «ilusión». De ahí salen el velo que oculta la verdad, el «nada es real» y el mundo como un decorado montado para engañarnos. En algunos círculos indios y en Occidente, māyā se entiende así: un mundo que está ahí para fastidiar.
La tradición no lo ve así. Māyā es una gloria de Īśvara, un vibhūti. Pasar de «el mundo es malo» a «el mundo es una gloria» cambia mucho las cosas.
Pero tampoco es lo contrario: el universo como mayordomo que manifiesta lo que uno desea y se pone a trabajar para él. Eso es pasarse. Es atribuirle al mundo la cualidad de un esclavo a mi servicio. Los dos extremos malentienden el mundo.
Satyam y mithyā: la vasija y la arcilla
Para entender māyā hay que entender dos palabras. Swami Dayananda las explica con una vasija de barro.
La vasija no existe sin la arcilla. El peso de la vasija es el peso de la arcilla. El tacto de la vasija es el tacto de la arcilla. La vasija no está encima de la arcilla ni sale de ella. Es un nombre, nāma, que revela una forma y una función. La vasija es arcilla; la arcilla no es una vasija.
A la arcilla, en cuanto a su realidad, se la llama satyam. A la vasija, mithyā: lo que no tiene ser por sí mismo, sino que lo toma de otra cosa y no se separa de ella.
La Chāndogya Upaniṣad lo aplica al mundo. Como la vasija depende de la arcilla, el mundo, jagat, no es más que nombres y formas que dependen de Brahman para existir. Solo ese existente es real: sad eva satyam. Por eso se dice idam sarvam brahma, «todo esto es Brahman».
El bache sigue ahí
Mithyā no significa inexistente. Swami Dayananda es muy concreto: si uno camina con los ojos cerrados, choca con el árbol. Si no ve el bache, el coche lo nota igual. No ver una cosa no la elimina.
El mundo de Īśvara está ahí, se vea o no. Por eso, cuando alguien comprende, nada desaparece: ni el cuerpo ni la mente. Lo que cambia es el conocimiento de su realidad.
Donde sí hay error
Hay otro tipo de mithyā, y aquí sí está el problema. En el mundo de Īśvara, las cosas son y por eso se ven. En el mundo propio, se ven y por eso son.
Es el mundo del sueño, donde uno ve montañas en mitad del océano. Es la serpiente que uno ve en una cuerda. Es el compañero que parece hostil cuando solo tiene sus propios problemas. Para quien lo vive, todo eso es completamente real, porque lo siente.
Swami Dayananda lo resume así: uno vive en el mundo de Īśvara más su propio mundo proyectado. Lo que confunde no es el mundo. Es la interpretación que se le superpone. Y ahí entra también la conclusión más íntima de todas: «soy alguien pequeño, culpable, limitado». Que el cuerpo nace y muere es objetivo. Que uno sea un ser limitado es una conclusión subjetiva.
El oro y la cadena
Si Brahman es la realidad sin forma, ¿cómo se convirtió en un mundo con formas? No se convirtió.
El oro no se convierte en cadena. Sigue siendo oro. La cadena es un nombre y una forma del oro, y el oro no ha perdido nada. Del mismo modo, Brahman aparece como el mundo por māyā sin dejar de ser lo que es. Y māyā misma es mithyā: no es una segunda realidad junto a Brahman. Brahman más māyā es Brahman.
El velo de māyā
La expresión tiene sentido en la tradición, pero no el habitual. No es que el mundo sea un velo. El individuo que no conoce este hecho está bajo el velo de māyā, y por eso se toma por un ser separado, un jīva.
Cuando comprende a fondo tat tvam asi, «eso eres tú», el velo no se rasga con un esfuerzo. Deja de estar, como la serpiente deja de estar cuando se ve la cuerda.
