La Kaṭha Upaniṣad cuenta la historia de Naciketas, un niño que llegó a la casa de Yama, la Muerte, y le pidió que le enseñara lo que es eterno. Yama le ofreció a cambio riqueza, poder, placeres y una vida larga, con una sola condición: no volver a preguntar. Naciketas respondió «quédate tú con eso», porque vio el defecto de todo lo que se le ofrecía. La Upaniṣad lo presenta como el modelo del que está preparado para el conocimiento de uno mismo.
Hay muchas maneras de preguntar por la muerte. La más corriente es: «¿qué pasa después?». Naciketas preguntó otra cosa. Y la preguntó en el mejor sitio posible: en casa de la Muerte.
La historia
Un gran brahmán, Vājaśravas, celebra un ritual en el que se entregan como ofrenda todas las posesiones. Su recompensa es el cielo. Al final llegan las vacas. Están viejas, sin fuerzas, casi muertas.
Su hijo Naciketas no tiene ni diez años, pero conoce bien las escrituras. Ve que la ofrenda no es la debida. Y le pregunta a su padre: «¿Por qué no me ofreces a mí en lugar de estas vacas? ¿A quién me vas a dar?».
El padre, en ayuno y atareado con el rito, pierde la paciencia: «Te doy a Yama». Es lo que nosotros diríamos con un «vete al infierno».
El padre no lo dice en serio. Naciketas se lo toma en serio, porque en el recinto del ritual no se puede faltar a la verdad. Recoge sus cosas y se va a casa de la Muerte.
Yama no está. El niño espera en la puerta tres días. Cuando Yama vuelve, avergonzado por haber tenido esperando a un invitado, le concede tres deseos.
El primero, que su padre esté en paz. El segundo, un ritual para alcanzar el cielo. El tercero, el que importa: qué es lo eterno, aquello que está «más allá del dharma y del adharma».
La historia, decíamos en clase, hay que leerla como lo que es: poesía, exageración, mito. Lo que importa es lo que hay detrás.
La prueba
Yama no le responde enseguida. Piensa: un niño de diez años que quiere saber qué es la libertad debe de ser un poco fantasioso. Y le pone a prueba, cosa que suelen hacer los buenos maestros.
Le ofrece todo lo que la gente valora. Tierras, riqueza, vehículos, poder, una vida larga, hijos. Ser rey de la tierra entera. Y si no le basta con este mundo, también los placeres del cielo. Todo gratis. Con una condición: que no pregunte por mokṣa.
En lenguaje de hoy: un Lamborghini, una cuenta en bitcoins, fama, poder. Todo, menos enseñarle la libertad.
Y Naciketas responde: «Quédate tú con todo eso. Nada de lo que me ofreces me va a dar lo que busco. Todo tiene un defecto, un doṣa».
No es desprecio ni inmadurez
Hay quien ha leído esto como el capricho de un niño. Rechazó aquello porque no sabía lo que vale.
La Upaniṣad dice lo contrario. Naciketas no rechaza porque no entienda, sino porque ve. Ve el defecto de cada cosa: todo lo que se gana hay que mantenerlo, y todo lo que se mantiene se puede perder.
La salud se va con los placeres. El prestigio de una familia es una olla a presión. La riqueza trae cálculos e impuestos. La fama es una pompa que revienta en cualquier momento. Quien vive pendiente de su aspecto nunca tiene bastantes cremas. Y quien se toma por el cuerpo vive con el miedo de que Yama se lo lleve.
La conclusión es sobria. Fuera de mokṣa, todo lo demás, por bueno que sea, trae consigo miedo.
No es desprecio del mundo. Es objetividad: saber lo que cada cosa puede dar, sin exagerarlo ni quitárselo. El dinero da, claro que da. Lo que no da es lo que Naciketas buscaba.
Lo que la Upaniṣad ve en Naciketas
La tradición toma a Naciketas como el modelo del estudiante preparado. Tiene cuatro cualidades.
Viveka, discernimiento. Sabe qué quiere: no más cosas, sino librarse del sentido de carencia. Y sabe que eso es conocimiento, no acción.
Vairāgya. Se suele traducir por desapego. Mejor, objetividad: el valor justo de cada cosa. Es la clave de la madurez emocional.
Mumukṣutva, el anhelo de libertad. En casi todos, mokṣa es un deseo más en una lista de cincuenta, al lado del viaje, el ascenso y la casa en la playa. En Naciketas está el primero.
Disciplina, dominio de sí. Un mínimo de orden para vivir con sencillez. La propia Upaniṣad lo desarrolla más adelante con la imagen del carro.
«Óscar, yo no soy como Naciketas.» Normal. Nadie lo es. Pero se puede tomar la dirección: aunque sea un dos por ciento de cada cualidad, sin prisa.
Lo bueno y lo agradable
De la prueba sale una distinción que la Upaniṣad nombra con dos palabras: preyas, lo agradable, y śreyas, lo bueno.
Lo agradable se alcanza con acciones y da una alegría que no dura. Es lo que Naciketas pidió con el segundo deseo, el ritual del cielo. Lo bueno se alcanza con conocimiento y da lo que no se acaba. Es el tercer deseo.
No son dos cosas igual de valiosas entre las que elegir por gusto. Son dos fines distintos con dos medios distintos. Saber cuál es cuál es ya la mitad del camino.
¿Y tú?
En una clase hicimos la prueba de Yama con los alumnos. ¿Y si Vedanta Academy os ofreciera un cheque con lo que quisierais, ser rey, propiedades, lo que fuera, a cambio de no volver a preguntar nunca por esto?
La mayoría dijo que no. Que no colaba.
Pero conviene hacerse la pregunta en serio. Si con setenta años uno sigue pensando que más dinero, fama o poder le darán paz, no ha mirado bien su propia vida. No es que esté mal querer más. Lo que está mal es esperar de ello lo que no puede dar.
La pregunta por la muerte, bien hecha
La mayoría pregunta qué pasa después de morir. Si hay otra vida, otro cuerpo, otra oportunidad. La tradición responde a eso, y no se queda ahí: saber que habrá otros cuerpos no responde a qué es uno.
Naciketas no le preguntó a la Muerte qué había después. Le preguntó qué es lo que no muere.
Y la Upaniṣad, cuando Yama empieza a responder, lo señala con una palabra: aquello de lo que hablan todos los Vedas, por lo que las personas abrazan una vida de disciplina, «eso es Oṃ» (1.2.15). Más en El significado del símbolo Om.
La Kaṭha es una de las Upaniṣads que la tradición enseña. Qué son y cómo se estudian, en Qué son las Upaniṣads. Y la preparación que pide Naciketas empieza en el curso gratuito de Vedanta y meditación.
