El ikigai, popularizado por Héctor García y Francesc Miralles, propone que cada persona tiene una razón de ser que descubrir, y que descubrirla alarga y llena la vida. Tiene cosas sensatas. Pero confunde lo que corresponde hacer con lo que uno es, y deja intacta la pregunta de fondo: quién es el que necesita una razón para ser.
La razón de ser
El libro nació en Ogimi, una aldea del norte de Okinawa con fama de longeva. Sus autores visitaron a los ancianos del lugar y buscaron la clave de sus vidas largas. Una de las que proponen es el ikigai, que traducen como «razón de ser»: algo que mantiene a uno ocupado y con ganas de levantarse.
La idea viajó rápido. Todo el mundo tendría un ikigai; unos lo han encontrado y otros todavía lo buscan. Después llegó El método Ikigai, con consejos para dar con el propio. Y circula, además, un diagrama de cuatro círculos: lo que amas, lo que se te da bien, lo que el mundo necesita y aquello por lo que te pagan. En el centro, el ikigai.
Lo que tiene de sensato
Conviene empezar por ahí.
Un anciano que sigue cuidando su huerto, que tiene a quién visitar y algo que hacer por la mañana da sentidp a su vida aumque duda que esto sea una vision completa de la vida. Mantenerse activo, tener comunidad, no jubilarse de la vida: nada de eso es poca cosa.
La tradición tampoco quiere a nadie sentado esperando. La Bhagavad Gītā entera es una conversación con alguien que quería dejar de actuar, y a quien se le pide que actúe.
Donde se cruzan los cables
El ikigai no se queda en «mantente activo». Promete algo más: que hay una razón de ser propia, única, y que la vida se ordena cuando uno la encuentra.
Detrás hay una creencia que el libro no formula, pero que sostiene todo lo demás: para ser, hace falta una razón. Y su pariente próxima: valgo por lo que hago.
De ahí sale el patrón. Un hacer que no descansa nunca en lo que uno es. Cada etapa necesita su justificación. Y cuando el hacer se detiene —una baja, una jubilación, un hijo que se va de casa—, la razón de ser se va con él.
Falta algo que la tradición da por supuesto: el sentimiento de que uno tiene un sitio en el mundo sin necesidad de ganarlo.
Lo que corresponde no es una razón de ser
Lo más parecido al ikigai en la tradición védica es el dharma. Y es justo donde más se separan.
El dharma no se descubre cruzando gustos, talentos y sueldo. Es lo que a uno le corresponde hacer en cada papel y en cada situación: como hijo, como padre, en el trabajo, en la calle. La Bhagavad Gītā dice que es mejor el dharma propio, aunque sea viguṇa, sin atractivo, que el de otro bien cumplido (3.35). El diagrama de los cuatro círculos no tiene sitio para lo que no se ama, no se paga y, sin embargo, toca.
Y el dharma no da el ser a nadie. Swami Dayananda dice que uno se completa «no haciendo lo que quieres, sino queriendo lo que se te solicita hacer». Lo que se gana así es madurez. No una identidad.
La pregunta que queda
La tradición habla de cuatro fines de la vida. El último, mokṣa, tiene una particularidad: no se gana con ninguna acción.
Swami Dayananda lo dice sin rodeos: como ya soy un ser libre y completo, no necesito llegar a ser libre o completo.
Si eso es así, la búsqueda de una razón de ser se da la vuelta. No se trata de encontrar por qué merece uno existir. Se trata de averiguar quién es el que cree necesitarlo.
El ikigai, bien mirado, responde a otra pregunta. Ayuda a organizar los días. La de fondo la deja donde estaba.
Por dónde empezar
Qué es dharma, en el glosario: dharma. Por qué mokṣa no se gana, en Los cuatro fines de la vida (Parte III). Y la pregunta por uno mismo se empieza a ver, en orden, en el curso gratuito de Vedanta y meditación.
