Para Vedanta, la seguridad (artha) y el placer (kāma) son fines legítimos de la vida humana, no obstáculos espirituales. Lo que los ordena es el dharma: buscarlos sin ir contra lo correcto. Pero ninguno de los tres, ni siquiera el dharma, da lo que se busca de fondo.
Esta es la segunda de tres partes sobre los cuatro fines de la vida. En la Parte I se vio qué es un puruṣārtha y por qué la tradición reduce todos los fines humanos a cuatro. Aquí se miran tres de ellos.
Artha: la seguridad
Lo primero que busca cualquiera, desde que nace, es sobrevivir. Comida, ropa, techo, salud.
Todo lo que se consigue para eso es artha. Y, dicho al revés, todo lo que quita el miedo a no sobrevivir.
Después viene la seguridad del futuro: la vejez, la enfermedad, lo imprevisto. Ahorros, pensiones, seguros de todo tipo.
Y luego algo curioso. Swami Paramārthānanda lo cuenta así: uno compra ropa para proteger el cuerpo. Después necesita una lavadora para cuidar la ropa. Después, un estabilizador de corriente para proteger la lavadora. La casa da seguridad, así que se contrata un vigilante para la seguridad de la casa. Y como el vigilante es imprescindible, hay que asegurarse de que no falte.
La seguridad de la seguridad de la seguridad. Esto se llama vida, dice. Y se hace sin pensarlo.
Kāma: el placer
Cuando la supervivencia está más o menos cubierta, aparece otra pregunta: ¿y ahora qué hago con la vida?
Aparece kāma: todo lo que no hace falta para vivir pero se disfruta. La música, el cine, la buena mesa, la comodidad. Uno se aburre de su ciudad y quiere ver mundo.
No hay nada de malo en ello. Vedanta no pide renunciar al placer ni mirarlo con sospecha. Es una búsqueda humana legítima.
Tampoco con el dinero. Hay quien cree que la vida espiritual exige despreciarlo. La tradición no dice eso. El dinero tiene su valor, y buscarlo es razonable.
Dharma: lo que los ordena
El ser humano no está programado. Elige qué come, cómo habla, cómo responde. Y si elige, necesita un criterio.
Ese criterio es el dharma: lo que corresponde hacer y lo que corresponde evitar. Swami Dayananda observa que lo correcto lo conocemos bastante bien. Nadie quiere ser engañado ni dañado, y por eso sabe que nadie más lo quiere.
Lo que no siempre está claro es cuánto pierde uno cuando va contra el dharma para conseguir algo de seguridad o de placer.
Por eso, aunque se enumere tercero, el dharma se pone primero: dharma, artha, kāma. Dayananda lo resume así: en la búsqueda de seguridad y de placer, sigue el dharma y evita el adharma. Eso es crecer como ser humano.
La Bhagavad Gītā lo dice en boca de Kṛṣṇa:
dharmāviruddho bhūteṣu kāmo’smi bharatarṣabha (7.11)
«En los seres, soy el deseo que no se opone al dharma.»
Desear no es el problema. El problema es desear contra el dharma.
En clase, comentando la Gītā 3.10, lo planteo desde el otro lado: cuando uno se centra en sus obligaciones más que en sus derechos, la seguridad y el placer básicos acaban cubiertos. El dharma no compite con ellos. Los sostiene.
Las dos caras del dharma
Paramārthānanda añade un sentido que el lector occidental no suele conocer. Dharma es también puṇya: una riqueza invisible, eso que la gente llama buena suerte o buena fortuna.
No se ve, pero contribuye al bienestar: da seguridad y da placer por caminos que uno no controla. Y se gana con medios apropiados, igual que se gana el dinero.
Las dos caras se tocan. Como explica el glosario de karma, la acción hecha con la intención de hacer lo correcto deja mérito, puṇya, que tarde o temprano da fruto. Lo correcto es la conducta; el puṇya es lo que esa conducta deja.
Por qué ninguno basta
Paramārthānanda agrupa los tres —dharma, artha y kāma— bajo un nombre: preyas, lo que se adquiere. Todo lo que se consigue de forma deliberada, legítima y planeada.
Y aquí está el punto. Se puede tener mucha seguridad, mucho placer y una vida intachable. Y seguir con la sensación de que falta algo.
Swami Dayananda no deja ni siquiera al dharma fuera de esto: ninguno de los puruṣārthas, incluido el dharma, es un fin en sí mismo. Ser una persona dhármica es lo que se espera de un ser humano. Sirve para madurar. Pero la madurez tiene un propósito más allá de sí misma.
En clase lo digo así: cuando analizo artha, me doy cuenta de que no quiero más seguridad. Lo que quiero es librarme del sentido de inseguridad. Y con kāma, lo mismo: no quiero más placer, quiero librarme del sentido de insatisfacción.
Si lo que busco es más, la búsqueda no termina nunca.
Ese otro fin, el que se esconde detrás de todos los demás, tiene nombre. Es el tema de la Parte III.
