Karma significa acción; en Vedanta designa también la ley por la que toda acción deliberada produce su resultado, karma-phala, dentro de un orden que no es un castigo ni una venganza cósmica, sino la inteligencia misma del universo, Īśvara.
Karma es acción
La palabra no tiene nada de esotérico. Karma es acción. Levantarse, hacer la cama, preparar el desayuno: todo es karma.
Lo que añade la tradición es que ninguna acción se queda sin resultado. Guste o no, hay una relación directa entre causa y efecto. Al resultado se le llama karma-phala, el fruto de la acción.
¿Cuándo llega el fruto? No se sabe. Algunos resultados son inmediatos. Otros tardan veinte años, o llegan en otra vida. La acción hecha con la intención de hacer lo correcto produce mérito, puṇya, que tarde o temprano se traduce en algo agradable. La que va contra el dharma produce demérito, pāpa. Y la intensidad del resultado depende de la intensidad del deseo y de la acción.
Los tres karmas
El Tattva Bodha distingue tres clases de karma:
- Āgāmī, el que se hace ahora y dará fruto más adelante.
- Sañcita, el acumulado de todas las vidas anteriores, pendiente de dar fruto.
- Prārabdha, la parte del acumulado que ya ha empezado a darlo: la que produce este cuerpo y esta vida.
Nadie fabrica su cuerpo ni elige a sus padres. Uno llega con ellos, y con un carácter, unos gustos y unas tendencias que no ha creado en esta vida. Eso es el prārabdha.
Es como entrar en el cine cuando Terminator 2 lleva treinta y cinco minutos: no se entiende por qué pasa lo que pasa, porque falta lo anterior. El azar es el nombre que se da a la suerte cuando no se conocen las acciones que hay antes.
Quién da los resultados
Aquí no hay un juez que premie y castigue desde fuera. Lo que uno vive es lo que uno mismo ha ido cociendo. La ley del karma funciona como una contabilidad de haber y debe donde todo se anota. Que la policía se entere o no, da igual.
Pero esa ley no es abstracta ni se hizo sola. Las leyes del universo no las ha hecho ningún ser humano: se descubren, no se crean. La tradición reconoce en ese orden de causas y efectos a Īśvara. Por eso la Bhagavad Gītā dice que el que actúa no es nunca la causa de los frutos, mā karma-phala-hetur bhūḥ (2.47): uno elige la acción, no el resultado. El resultado depende de muchos factores, uno de ellos el propio prārabdha.
Aceptar a Īśvara como dador de los resultados es lo que permite una ecuanimidad real, no fingida.
Lo que karma no es
No es un castigo. No hay ningún demonio ni genio malvado detrás. El karma es responsabilidad, no venganza.
No es fatalismo. Swami Dayananda contaba entre las nociones erróneas la de un karma fatal: entender el karma hace a los seres humanos responsables. Algunos resultados pueden compensarse con acciones de la misma magnitud y en sentido contrario; otros, no.
No es una máquina de deseos. No se puede exigir el resultado que obtuvo el vecino, porque su situación kármica y la propia son distintas, y ninguna de las dos se conoce entera.
No se deja atrás dejando de actuar. Eso es imposible: comer y respirar ya son acciones. Y quien dice «yo no hago» sigue sintiéndose el que hace.
Cómo se libera uno del karma
El karma presupone a alguien que dice «yo soy el que hago»: un agente, kartā. Sin hacedor no hay karma. Imagínese una cuenta bancaria sin titular: tendrá haber y debe, pero no irá a parar a nadie.
El Tattva Bodha lo dice en un verso:
sañcita-karma brahma-eva-aham-asmi-niścaya-ātmaka-jñānena naśyati (Tattva Bodha §82)
El karma acumulado se destruye con el conocimiento firme de que «yo soy únicamente Brahman». No se agota consumiéndolo, porque es inmenso. Se destruye viendo que la noción de hacedor está superpuesta a lo que uno es. El prārabdha, eso sí, sigue su curso hasta que el cuerpo termina.
