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Vacío existencial y sentido de la vida según Vedanta

Por qué una vida de logros puede dejar un vacío, y qué otra base propone Vedanta: verse adecuado antes de cumplir los deseos, no después.

Óscar Montero·5 min de lectura·30 de septiembre de 2026

Según Vedanta, el vacío que puede dejar una vida de logros no se llena con más logros, porque nace de medirse a uno mismo por los deseos cumplidos; y esa cuenta nunca sale. La otra base que propone es verse adecuado antes de cumplir los deseos, no después. Entonces los deseos dejan de ser una deuda y se convierten en un privilegio.

La cuenta que nunca sale

Hoy el éxito significa casi lo mismo en todas partes: triunfar en el propio campo, ganar dinero, tener reconocimiento. Swami Dayananda no ve necesidad de cambiar esas búsquedas. Pregunta otra cosa: ¿hay un éxito del ser humano en cuanto ser humano?

La pregunta aparece sola, tarde o temprano. Hasta cierta edad se lucha con esperanza: el año que viene será distinto. Después llega un momento en que uno se detiene y hace cuentas. «Tengo 45 años. ¿Qué diferencia habrá con los siguientes 45?» Swami Dayananda lo llama la gran crisis de la edad adulta: el momento en que la esperanza se acaba.

Y lo desconcertante es que puede llegar con los objetivos cumplidos. Uno ha conseguido lo que quería, y sigue viéndose como una persona. El juicio sobre sí mismo no se hace desde lo obtenido.

El que estudió bajo las farolas

Swami Dayananda retrata a alguien que ha salido de la pobreza y ha triunfado. Cada mañana se lo recuerda a sus hijos: «¿Tú sabes cómo estudié? Estudié bajo las luces de la calle». Ser su hijo, dice, es una tragedia.

Pero la tragedia es suya. Si tiene que contarlo, es que no lo ha asimilado. Por dentro, piensa que no lo ha conseguido. El logro está fuera; el juicio sobre sí mismo sigue dentro, intacto.

Por qué los deseos cumplidos no bastan

Si el éxito se mide por deseos cumplidos, basta un repaso honrado. De niño hubo deseos que no se cumplieron. De adolescente, más. Cada año añade unos cuantos a la lista. Se quiso cambiar a la pareja, y al cabo de veinticinco años se sigue intentando, mientras la pareja intenta lo mismo. Se quiere que los políticos sean responsables, que los padres entiendan, que uno mismo sea más comprensivo con los suegros.

Hay deseos de conseguir y deseos de evitar. Deseos del pasado. Deseos enterrados que ni se conocen. Y todos forman parte de la persona. Si el éxito es la proporción de deseos cumplidos, todo el mundo concluiría: soy un fracasado. Y bastaría uno solo incumplido para estropear la cuenta.

De ahí sale el vacío. No de una falta concreta, sino de una forma de medirse que no puede dar otro resultado.

Los deseos como privilegio

Swami Dayananda propone darle la vuelta. Los deseos no son el problema: son una prerrogativa humana. Una vaca desea, pero de forma programada; no planea su jubilación. El ser humano, por ser consciente de sí, es libre de desear, de saber, de hacer. Esa libertad es la que se expresa en sus deseos.

Para que los deseos sean un privilegio y no una deuda hace falta una condición. El que desea tiene que ser adecuado antes de satisfacerlos. Un privilegio solo lo disfruta quien ya está bien. En la tradición, dice Swami Dayananda, el éxito es siempre siddhi: la persona que ya es libre, más sus deseos. Esa persona no tiene que demostrar nada a nadie.

Lo que dice la Bhagavad Gītā

La Gītā da un método para esto, y lo llama yoga: la gestión de los deseos.

Que uno desee es natural. Que el deseo pida cumplirse, también. Que uno actúe para cumplirlo, también. Nada de eso molesta. Lo que molesta llega después, con el resultado.

Porque entre la acción y su resultado hay variables ocultas. Uno cruza la calle para coger el autobús. Puede cogerlo. Puede que un amigo pare y lo lleve. Puede perderlo. Puede despertar dos días después en un hospital. Los cuatro resultados son posibles en cualquier acción.

La Gītā lo dice en pocas palabras: karmaṇy evādhikāras te (Bhagavad Gītā 2.47), «solo tienes capacidad de elección sobre tu acción». El resultado llega según leyes que uno no controla y apenas conoce. Uno es autor de su acción, no del resultado.

De ahí la actitud que la Gītā pide: mantener la misma mente ante lo deseable y lo indeseable, iṣṭāniṣṭopapattiṣu nityaṃ samacittatvam. No es indiferencia. Es no oscilar como un péndulo entre la euforia y el desánimo.

Todo es dado

Swami Dayananda va un paso más allá. Las leyes que rigen los resultados no las ha hecho uno. Tampoco el cuerpo, la mente, los sentidos, la tierra ni las galaxias. Todo es dado. Y lo dado con inteligencia implica conocimiento, y el conocimiento implica un ser consciente. A eso se le llama Dios, Īśvara.

Quien ve esto acepta los resultados de otro modo. No se resigna: los recibe. «Nadie es un perdedor.» Cada resultado enseña algo, y la vida entera se vuelve yoga. Esa persona, dice Swami Dayananda, se vuelve más sabia, más compasiva, capaz de no juzgarse a sí misma ni a los demás. Esa persona es exitosa.

Por dónde empezar

El vacío no se resuelve con un propósito nuevo ni con otra lista de metas. Pide revisar la base: quién es el que desea. Esa revisión es el tema de Vedanta. Empieza en el curso gratuito de Vedanta y meditación, y la actitud de la que habla la Gītā se estudia a fondo en el curso de la Bhagavad Gītā. El texto completo de Swami Dayananda está en El concepto de éxito.

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Esto se estudia despacio y acompañado

El curso gratuito son siete clases: cuatro de Vedanta y tres de meditación, con una corrección personal incluida.