Un mantra es una fórmula sagrada, casi siempre un nombre del Señor, que se repite con atención en la práctica del japa para dar a la mente una sola tarea.
Para qué se repite
La mente asocia. Uno busca el resultado de un partido, ve un anuncio de cámaras, pincha, acaba leyendo la biografía de Gandhi. Y no sabe cómo ha llegado ahí.
El japa corta esa cadena. Se toma un mantra y se repite una y otra vez: oṃ namaḥ śivāya, oṃ namaḥ śivāya… Cuando la mente se va, se la trae de vuelta.
No hay «oṃ namaḥ śivāya, ofertas». Solo el mantra. Una sola tarea, y en ella la mente va entrando en capas más profundas.
Para contar se usa una mālā, un rosario de ciento ocho cuentas. Una vuelta, como mínimo.
En la tradición védica esto es una forma de meditación de concentración, dentro de upāsana: un ejercicio mental, mānasa karma, en el que los pensamientos se regulan deliberadamente.
Quién da el mantra
Un mantra no se elige como quien entra en una tienda a ver cuál le gusta. Lo da el profesor, si conoce al alumno.
Los mantras védicos, como el Gāyatrī, tienen reglas de fonética y de tonos. Si nadie los ha enseñado y corregido, es seguro que se dicen mal, y entonces no dan el mismo resultado. Por eso, sin maestro, se toma un mantra no védico.
Si no hay profesor, sirve un mantra general, como oṃ īśāya namaḥ, o el de Gaṇeśa, oṃ gaṃ gaṇapataye namaḥ, con el que empieza mucha gente.
Y lo recomendable es tomar uno solo y seguir con él.
Lo que un mantra no es
No es una fórmula mágica. No obra por sí sola, ni concede deseos, ni da poderes. La meditación, dice la tradición, no es para obtener siddhis.
No es un «mantra positivo». Repetirse «soy abundancia» es una afirmación de autoayuda. Un mantra se dirige al Señor; no intenta convencer a la mente de algo.
No es el camino a la liberación. El japa integra la personalidad y aquieta la dispersión. Pero el problema de fondo es verse limitado, y eso no lo quita una repetición: lo quita el conocimiento.
