El Veda es śruti, la revelación de la tradición: un medio de conocimiento independiente para aquello que no alcanzan la percepción ni la inferencia; no un libro de creencias, sino un instrumento, como lo son los ojos para los colores.
Un medio de conocimiento
Todo lo que se conoce, se conoce por un medio, un pramāṇa. Los colores, con los ojos. El fuego tras la colina, por el humo, por inferencia.
El Veda es otro medio, con una condición: lo que revela no puede conocerse por ningún otro. Swami Dayananda da tres rasgos de lo que enseña: no está al alcance de los demás medios (anadhigata), no puede ser contradicho por ellos (abādhita) y revela algo útil (phalavat).
Por eso se le llama independiente. Un medio de conocimiento no se verifica con otro. Se usa, y se entiende en lo que revela.
Los ṛṣis no lo inventaron. Un ṛṣi es alguien que ve, pero no con los sentidos: el conocimiento le es revelado. De ahí el nombre de śruti, «lo oído».
Cuatro Vedas, dos secciones
Los Vedas son cuatro: Ṛg, Yajur, Sāma y Atharva.
Cada uno tiene dos secciones. La primera, karma-kāṇḍa, es la de la acción: rituales, oraciones, meditaciones y deberes para conseguir seguridad y placer, aquí o después. Es muy extensa, porque los deseos humanos son muchos.
La segunda, jñāna-kāṇḍa, es la del conocimiento. Trata un solo deseo, el de liberación, mokṣa, y un solo tema: uno mismo. Está al final de los Vedas, y por eso se llama Vedanta. Son las Upaniṣad.
En la primera, el conocimiento dice qué hacer para obtener un fin que aún no se tiene. En la segunda, el conocimiento es el fin, porque lo que se busca ya se tiene y no se reconoce.
Lo que el Veda no es
No es un libro de creencias. No pide fe ciega en lo que dice de uno mismo. Lo que el Vedanta dice de ti es verificable: mientras escuchas las palabras, verificas el hecho, porque hablan de ti.
No es un tratado científico. No habla de lo que la percepción y la inferencia pueden alcanzar. Ahí no tiene nada que decir, y si contradijera un hecho comprobado, quedaría refutado.
No es un libro que se lea solo. Es una tradición de enseñanza: las palabras se despliegan por un maestro que las ha recibido de otro.
No pone el cielo como meta. Enseña cómo llegar a él y, al mismo tiempo, que es temporal: se va y se vuelve.
En la Gītā la palabra aparece también como verbo: yaḥ veda, «el que conoce» (2.21). El Veda es, de principio a fin, una cuestión de conocer.
