Avidyā es la ignorancia de la propia naturaleza: no saber que uno es ātman, sin límites, y tomarse por un individuo pequeño encerrado en un cuerpo; según Vedanta es la raíz del saṁsāra, y solo la elimina el conocimiento.
Ignorancia de uno mismo
A-vidyā es no-conocimiento. Pero no de cualquier cosa. El Tattva Bodha la llama sat-svarūpa-ajñāna: ignorancia de la propia naturaleza.
No se trata de no saber ruso o historia del arte. Se trata de no saber quién es uno. Y esa ignorancia no se queda quieta: produce una conclusión. «Soy un individuo, soy fulano, encerrado en un cuerpo.» Eso es lo que la tradición llama el cuerpo causal, y es lo que causa los nacimientos, las muertes y el devenir.
Tiene dos caras, y a las dos se las llama avidyā: el velo que oculta lo que uno es, y el error que lo sustituye —tomarse por el cuerpo, la mente y los sentidos—.
No es un fallo personal
Swami Dayananda insiste en que esta ignorancia no empieza en un momento dado. Todos nacemos con ella. Es, dice, nuestro capital. Y el error que produce es el mismo en todos: «soy mortal», «soy limitado».
No hay culpa en eso. Tampoco mérito en saber muchas cosas. Se puede ser muy erudito y seguir ignorando lo único que importa aquí.
Ni es un producto de la cultura o de la biografía. Un bebé sin condicionar no sería un sabio. La cultura puede agravar la ignorancia, pero no la crea. Y en la visión védica la maldad no es sustantiva: es pura ignorancia.
Sin comienzo, pero con fin
La avidyā es anādi, sin comienzo. Si hubiera empezado, antes habría habido conocimiento, y donde hay conocimiento no surge esa ignorancia. Pero tiene fin: se va con el conocimiento.
También es anirvācya. La palabra suele traducirse por «inexplicable». Swami Dayananda lo corrige: si fuera inexplicable, no habría nada más que hablar. Significa que no se puede clasificar sin más como real o irreal. No existe por sí misma, aparte del ātman. Pero tampoco se puede negar, porque se ven sus efectos: «soy feliz», «soy desgraciado».
La raíz del deseo
En la Bhagavad Gītā, Arjuna pregunta qué empuja a una persona a actuar mal, aun sin quererlo. La respuesta es el deseo y la ira. ¿Y la raíz de ambos? La ignorancia.
En clase lo formulamos así: si la ignorancia me hace verme pequeño, el deseo intenta validarme. La ignorancia es doble: no distinguir entre lo que uno es y lo que no es, y no distinguir entre lo correcto y lo incorrecto. Si uno se viera ya completo, no necesitaría actuar para completarse.
La Gītā da tres imágenes de cómo cubre: como el humo cubre el fuego, como el polvo cubre el espejo, como la membrana envuelve al feto (3.38).
Lo que la elimina
Swami Dayananda lo dice sin rodeos: «El problema no es nada más que ignorancia. Por lo tanto la solución solo puede ser conocimiento.»
Ninguna acción elimina la ignorancia. Ni la disciplina, ni el ritual, ni un estado de calma. La acción puede preparar la mente, pero lo único opuesto a la ignorancia es el conocimiento.
Vedanta no produce nada nuevo. Es como comer en un plato sucio: primero hay que quitar la suciedad. Y esa suciedad está en forma de nociones: verse siempre limitado, carente, no válido.
